jueves, 9 de septiembre de 2010

Carta eleusina No. 2



Iván Rodrigo García Palacios
Carta eleusina No. 2


Apreciado Lucilio, "te saludo"
Despertó mi interés el que, de la serie de asuntos que de manera introductoria te expuse en mi primera Carta eleusina, privilegiaras el aspecto "casi mitológico" de la iniciación en lo mistérico de las celebraciones eleusinas, por sobre el contenido de lo vital, de lo saludable y de lo cognoscitivo, de lo individual y de lo colectivo, ya que por ello eran consideradas fuente de sabiduría y de "experiencias de satisfacción y de felicidad" en "el aquí y el ahora" y "del pasado para el de ahí en adelante", que era por y para lo que se festejaba.
¿Será, acaso, lo que Nietzsche intuyó tras el misterio y lo que sintió del "eterno retorno de lo mismo"? ¿Será ese "el conocimiento" del que él habla?
Creo que sí, basta con leer en los fragmentos póstumos el primer proyecto: El retorno de lo mismo, el que Nietzsche escribiera a los pocos días de concebir el "eterno retorno" en la roca de Surlei.
Sé que a través de los siglos ese es el aspecto que ha fascinado, por su enigma, secreto y misterio, a aquellos que miran la historia de los antiguos griegos y la mitifican. Sin embargo, "a la luz" de las recientes investigaciones, la cosa era misteriosa porque el acceso a los estados místicos del éxtasis estaba sólo reservado a los "iniciados", quienes debían guardar absoluto secreto a costa de sus vidas. Era algo así como lo que hacen las sectas, organizaciones y mafias secretas: cátaros, masones, "Cosa Nostra" y tantas otras mafias de toda clase y motivos que sus razones elitistas y de compromiso tenían.
Lo cierto es que la experiencia íntima de los estados místicos y de éxtasis, es inefable, inexpresable y un "conocimiento incomunicable" y que, el enigma de ese "conocimiento" presupone una condición del éxtasis, pero sé que no es tan misterioso el método por el cual acceder a tales estados y poder "conocer". La sola "búsqueda" de tal método, es ya una labor que depara salud y gozo.
Es un asunto de "cosa" y "palabra", como te lo escribí en mi primera carta.
Los griegos lo tenían claro:
"Nosotros no revelamos a quien se nos acerca las cosas que son , sino las palabras, que son cosas distintas de las cosas reales" (Georgias).
Plotino, con quien Nietzsche comparte intereses sobre los asuntos del cuerpo, lo expresa como experiencia mística:
"Muchas veces, despertándome de mi cuerpo a mí mismo, saliéndome de las otras cosas y entrando en mí mismo, al contemplar entonces una belleza maravillosa y convencerme de que pertenezco a lo más alto en el mundo superior, habiendo vivido la vida más noble, habiéndome convertido en idéntico a lo divino y fijado en él, ejercitando esta actividad suprema y situándome por encima de cualquier otra realidad espiritual, cuando luego, tras esa estancia en la región divina desciendo del Intelecto al raciocinio, me pregunto cómo ha sido posible, y también esta vez, descender de este modo, cómo es posible que mi alma haya llegado jamás a estar dentro de un cuerpo si ya, desde que está en un cuerpo, el alma es tal como se me manifestó" (Plotino, Eneadas, IV, 8, 1,1.).
Vico, siguiendo a Aristóteles, lo explica en su Ciencia nueva:
"(...) los primeros hombres, como niños del genero humano (...) tuvieron una necesidad natural de fingir los carácteres poéticos que son géneros o universales fantásticos, para reducir a ellos, como modelos ciertos, o retratos ideales, todas las sabidurías particulares a sus géneros semejantes" (Giambattista Vico, Ciencia nueva).
Qué decir de los filósofos y místicos al-Andaluses y musulmanes cuyas obras son guías detalladas para recorrer ese "camino justo" de preparación para el "iniciado" hacia la experiencia mística y la búsqueda del "conocimiento": Avempace, Avicena, al-Farabi, al-Gazali, Ibn-Tufayl y otros.
Tal es lo que se propone Ibn-Tufayl, en su libro El filósofo autodidacto, al explicar el éxtasis, en el que también incluye las opiniones de Avenpace y Avicena:
"Motivo ocasional de este libro: el éxtasis
Me pediste, hermano sincero (Dios te dé la inmortalidad eterna y te haga gozar la perpetua felicidad), que te comunicase aquellos misterios de la Sabiduría iluminativa que me fuera posible divulgar, los cuales menciona el maestro y príncipe [de los filósofos] Abu Ali b. Sina. Has de saber, pues, que el que quiera alcanzar la verdad pura, debe estudiar estos secretos y esforzarse por conocerlos. Tu pregunta ha sugerido en mi ánimo una noble idea, que me ha conducido a la visión intuitiva de un estado [místico o éxtasis], que antes no experimenté, y me ha llevado a un término tan maravilloso, que ni lengua alguna podría describir [su naturaleza] ni razonamiento alguno demostrar [su existencia], porque es de una categoría y de un mundo completamente distinto de ellas; sólo que la alegría, contento y placer que este estado lleva consigo, no permiten que la persona que a él llega o que alcanza algunos de sus grados, pueda ocultarlo y guardarlo secreto, sino que, dominado por la emoción, el entusiasmo, la alegría y la satisfacción, se inclina a manifestarlo, de una manera vaga e indistinta. Si es hombre inculto, habla de él sin tino, hasta llegar a decir alguno, a propósito de este estado: «¡Glorificado sea yo! ¡Cuán grande es mi condición!». Otro dijo: «Yo soy la Verdad». Y otro: «No hay, bajo estos vestidos, sino Dios».
El maestro Abu Hamid al-Gazali [Algazel], cuando alcanzó este estado, aplicóle el verso siguiente:
Sea lo que quiera (que yo no he de decirlo), cree tú que es un bien y no pidas de él noticias.
Pero este [filósofo] era experto tan sólo en los conocimientos racionales y estaba versado únicamente en las ciencias" (Ibn Tufayl, El filósofo autodidacto, Trotta, Madrid, 1995, p. 31).
Por supuesto, tampoco hay que olvidarse de los Upanishads y otros referentes orientales que el mismo Nietzsche ya cita en aquellos primeros apuntes de 1881.
Por ejemplo, esto dice el Kena Upanishad:
"¿Animada e impulsada por quién la mente se eleva? ¿Dirigida por quién la vida se mueve por primera vez? ¿Animados por quién dicen esta palabra? ¿Qué dios controla la vista y el oído?
Es del oído el oído, de la mente la mente, de la palabra la palabra, del aliento el aliento, de la vista la vista. Los sabios renunciando, al dejar este mundo, devienen inmortales.
No llega allí el ojo, no llega allí la palabra y tampoco la mente. No sabemos, no entendemos como puede esto ser enseñado.
Diferente es en verdad a lo conocido y superior aún a lo desconocido. Así escuchamos de los antiguos quienes esto nos explicaron.
Aquello no expresado por la palabra sino por lo cual la palabra se expresa: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian.
Aquello que no se piensa con la mente sino por lo cual, dijeron, la mente piensa: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian.
Aquello que con el ojo no se ve sino por lo cual los ojos ven: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian.
Aquello que con el oído no se oye sino por lo cual el oído oye: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian.
Aquello que la vida no anima sino por lo cual la vida es animada: Eso es en verdad Brahman ¡Entiéndelo! No lo que aquí reverencian" (Kena Upanishad, Sección I).
No son los únicos autores y antecedentes, la lista es extensa, pero sustanciosa, y en ella se debe incluir los solares místicos del Mediterráneo, los oscuros místicos del Norte de Europa, los místicos del desierto persa, así como a Zaratustra y Gilgamesh.
Todo esto y mucho más, lo intuyó Nietzsche desde temprano, como citaré más adelante.
Por otra parte y ya en los territorios del "más acá", habrá oportunidad para revisar las lecturas literarias, filosóficas, científicas, teológicas, políticas, sociales, etc. que Nietzsche devoró, unas veces con método, pero, la mayor parte, con gula descontrolada. Nietzsche fue un Lector Ludi, apolíneo y dionisíaco, trágico y voraz.
***
Vistas las cosas de esa manera y explorando y frivolizando un poco la nueva información, se sabe que aquellas celebraciones eleusinas eran una fiesta de fin de verano en la que se celebraba a la vida como sabiduría y ese era el gran misterio: el poder de la música, la danza, la poesía, la "contemplación", para provocar la "visión suprema": el juego en el que los dioses, sin negar el dolor, lo minimizan, le anteponen un rival que le proporciona alegrías a la vida:
"El juego no es únicamente sueño, sino vigilia, no es apariencia más de cuanto lo sea la violencia del dolor, es un aspecto positivo de la vida que emerge de las islas griegas, es vida triunfante que consigue equilibrar el peso de la necesidad y del esfuerzo" (Giorgio Colli, Después de Nietzsche, pp. 116-117).
Lo que bien explica aquello que Nietzsche escribió sobre el juego en su primer proyecto: El retorno de los mismo, un poco después de su experiencia extraordinaria en la roca de Surlei, el 6 de agosto de 1881:
"¿Qué aspecto toma esta vida respecto a su suma de bienestar? Un juego de niños, hacia el que el ojo del sabio dirige la mirada y que consiste en tener control sobre éste y aquel estado - y sobre la muerte, si algo así no resultara posible" (Nietzsche, Fragmentos póstumos (traducción de la edición crítica de Giorgio Colli y Mazzino Montinari), Grupo Editorial Norma, Bogotá, 1992, p. 164).
El festival eleusino se trataba de una celebración colectiva de experiencias individuales. Una fiesta en el sentido nietzscheano: expresión de gratitud a los dioses de la vida y la sabiduría; el equilibrio de la vida, la muerte y la resurrección, en el éxtasis: Dionisios y Apolo.
Estas fiestas o festivales tenían dos escenarios, el uno público, en el que participaban todos los que querían asistir y un recinto privado, reservado a los "iniciados", a aquellos que se sometían a un proceso de preparación y selección y para la realización, en total secreto, de los actos mediante los cuales era posible alcanzar el estado de éxtasis. El secreto y el misterio se explican porque tales estados debieron ser manejados de manera controlada para evitar consecuencias peligrosas o, simplemente, por esa necesidad de misterioso secretismo, pertenencia, importancia y solidaridad de pares que tenemos los humanos. En fin, un asunto para tratar en otra oportunidad.
Lo que me interesa ahora es insistir en los aspectos vital, saludable y cognoscitivo de esas celebraciones eleusinas.
Vital y saludable, porque allí se celebraba la sabiduría de la vida, porque, luego de un año de trabajos y esfuerzos, era necesario que las gentes recobraran la alegría de vivir, expresaran su gratitud y se prepararan para el encierro del invierno.
Y es cognoscitivo, porque "el conocimiento" que allí se manifestaba y obtenía, era la fuente de esa sabiduría que los griegos desarrollaron y la que luego, Platón y sus descendientes, volvieron filosofía, por los motivos que la historia explica con amplitud, tal y como podrás notar más adelante en la cita que te transcribo.
Aquí tenemos dos asuntos que es necesario explorar. El uno, el de lo vital y saludable, que desborda el motivo de esta segunda carta y que todavía es motivo de trabajos y esfuerzos en progreso, por lo cual, apenas lo voy caminando, como dijera el poeta: "se hace camino al andar".
Para el otro, el cognoscitivo, me atrevo a trascribir uno de los aforismo de Giorgio Colli en su libro Después de Nietzsche -me gusta escuchar a los maestros- y que, como podrás notar, explica mejor ese asunto del conocimiento y la sabiduría de los más antiguos griegos:
"El gran pensamiento
Reconocer la animalidad en el hombre, no sólo eso, sino afirmar en la animalidad la esencia del hombre: ése es el pensamiento grave, decisivo, precursor de tempestades, el pensamiento frente al cual todo el resto de la filosofía moderna queda reducido a hipocresía. Lo enunció Schopenhauer, y Nietzsche fue el único exégeta auténtico, verificándolo en el campo de los acontecimientos humanos. La oscura raíz de la animalidad, la ciega voluntad de vivir se trasluce de los mitos de las religiones antiguas. La matriz india es evocada por Schopenhauer; el símbolo de aquella intuición total, unitaria, de la vida es el dios reivindicado por Nietzsche. Dionisios tuvo una representación taurina (como Osiris se identificó con Apis), fue el "señor de los animales feroces", el devorador de carne cruda, el lacerador de las criaturas, el cazador Zagreus; su séquito estuvo compuesto por seres mitad hombres, mitad caballos, por ménades delirantes, vestidas con pieles de leopardo, que descuartizaban cervatillos y cabritos. Y en su origen la máscara simboliza el animalizarse del hombre: en los "komoi" primitivos los seguidores de Dionisios aparecían disfrazados de animales. El "pathos" dionisíaco es lo contrario de la compasión cristiana: mientras en ésta la participación en el sufrimiento conserva íntegra la individualidad de quien experimenta la piedad, aquél se desencadena a través de la ruptura de la individuación, y entonces el tiaso de Dionisios vive directamente, y no desde fuera, la unidad entre hombre y animal. La íntima laceración de la voluntad de vivir se manifiesta en la perenne fragilidad, en el tejido trágico de los impulsos animales en lucha; el poseído por el dios vive consecutivamente la angustia de la víctima acosada y la crueldad del sanguinario perseguidor: las dos partes se entrelazan en la pasión dionisíaca. Nietzsche conocía con lagunas los testimonios históricos sobre la religión de Dionisios, pero integró, extrajo de manera exhaustiva el significado del Dios, con adivinación deslumbrante. Combatiendo al cristianismo combatía la falsa religión, la religión racionalista, antropocéntrica, que concedió al hombre una posición aislada en el mundo, y para poder hacerlo negó la animalidad en el hombre. Durante muchos siglos los filósofos estuvieron sometidos a la maldición de este juicio -y todavía lo están- y soñaron con soluciones segregacionistas, racionalistas (basadas en lo que nos pertenece sólo a nosotros), "humanas". Descartes nos dijo que los animales sólo son pedacitos de espacio. Por eso Nietzsche, que utilizó todos los medios a su alcance para que los hombres escucharan de su boca esta verdad (divulgando a Schopenhauer, que desdeñosamente se había mantenido aparte), aparece ante nosotros como un "liberador", para usar un epíteto con el que los griegos designaban a Dionisios" (Giorgio Colli, Después de Nietzsche, Anagrama, Barcelona, 2000, pp. 76-77).
Me imagino, con justificada intuición, que esto era lo que se ocultaba tras el velo de los misterios de Eleusis: ese "instante" apolíneo y dionisíaco, el éxtasis en el cual "se contempla y se siente" la total "ausencia" del espacio-tiempo, de la necesidad y de la acción, y se accede a ser "uno con todo", como, mucho después, lo expresara Hölderlin:
Ser uno con todo, esa es la vida de la divinidad, ese es el cielo del hombre. Ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al Todo de la Naturaleza, ésta es la cima de los pensamientos y alegrías, esta es la sagrada cumbre de la montaña, el lugar del reposo eterno donde el mediodía pierde su calor sofocante y el trueno su voz, y el hirviente mar se asemeja a los trigales ondulantes.
¡Ser uno con todo lo viviente!
(...)
Formar un solo ser con todo lo que vive, ¿no es vivir como los dioses y poseer el cielo en la tierra?” (Hölderlin, Hiperión, segunda carta de Hiperión a Belarmino).
O, para ser tan aventurero como mis hipótesis descabelladas, es "contemplar" ese único "instante" en el que hombres y mujeres son Uno y lo mismo. Ese "instante" en el cual el estado místico del éxtasis y el enamoramiento son una y la misma cosa, que los hace ser iguales sin dejar de ser Uno y Otro, como puede comprobarse en las "experiencias" de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz:
"Búscame en ti", escribe Teresa de Jesús; "Búscate en mí", escribe Juan de la Cruz. Lo que no es lo mismo, pero ese es otro tema.
Porque el enamoramiento, como el estado místico del éxtasis, es ese estado natural de trasformación que por necesidad se desata en el campo fértil y abonado del cuerpo, de la mente y del espíritu, del Homo-Humano, al impacto de una visión maravillosa que inflama con "ferino furor" y cuya contemplación hace Ser y Estar al sí-mismo más cercano a trasmutarse en un dios, como intentan expresarlo, atónitos, místicos, poetas y filósofos y que ahora, las neurociencias, exploran con temor y temblor. Los "sabios" lo "conocen", cada cual a su manera.
El enamoramiento es ese momento en el que el Homo-Humano se hace, en cuerpo, en mente y en espíritu, original, total y, tal como lo fuera en el principio, vuelve a contemplar las maravillas de la vida y del universo como la primera vez: el enamoramiento, así como el estado místico del éxtasis, son una hierofanía, una revelación que provoca un renacimiento. O, ¿será resurrección?, como prefería decir Nietzsche.
Sin llamarlo enamoramiento, místicos, filósofos y poetas hablan de un estado en el cual, extática, dolorosa y maravillosamente, le es permitido al Homo-Humano contemplar y acceder a la Sabiduría.
Así se explica el que Platón denominara "doctrina del amor" a la "iniciación" eleusina, porque los más antiguos griegos habían "conocido" que era posible provocar tanto el enamoramiento como el estado místico del éxtasis, lo mistérico.
Ese debió haber sido el gran misterio y secreto de Eleusis: el poder y el conocimiento capaz de inducir el retorno, por un instante, al "instante" de ese estado primordial y emerger de él sano en cuerpo, mente y espíritu.
Porque es necesario sanar cuerpo, mente y espíritu antes de proceder a organizar de nuevo el pensamiento. Esto es lo que enseñan Hölderlin y Nietzsche: Zaratustra con velado pragmatismo y, quizás, con menor intensidad que el Empédocles y el Hiperión de Hölderlin, más poéticos, herméticos y esotéricos.
¿Será posible, con toda la información ahora disponible, redescubrir ese poder y ese conocimiento, esa fuente de salud corporal, mental y espiritual que no requiere de consumir drogas o sustancia psicotrópica alguna?
Por lo que se ha investigado, las sustancias que se consumían en las celebraciones eleusinas no tenían la capacidad de producir estados alterados y que estos debieron producirse como consecuencia de la preparación a la que eran sometidos los "iniciados".
Creo que si es posible y como te lo escribí de manera introductoria en mi primera carta, es necesario hacerlo y para lograrlo se debe cumplir la misma recomendación de Platón a Sócrates:
"... -con tal de que se siga el camino justo-" (Platón, Banquete, 209e).
He ahí el problema. Ni "el camino justo" ni la "experiencia" ni el "conocimiento", son algo que se pueda revelar, vulgarizándolos o comercializándolos, como, en su momento se acusó a Esquilo de hacerlo o como luego trataron de hacer religiones, filosofías, falsos profetas y curanderos. O como hoy lo hacen los charlatanes vendedores de auto-ayudas, místicas y angelologías, entre tantos otros productos que sólo buscan satisfacer las novelerías del consumismo y llenar las arcas de los mercaderes.
Sin embargo y como lo dije antes, si la mente humana lo ha inventado, la mente humana puede desvelarlo, reproducirlo, comunicarlo, sólo que, para ello, dependerá de las cualidades y calidades de aquellos qué lo hagan y de los medios que utilicen.
De eso se trata todo esto: es arqueología y es Lectura Lúdica. Esa Lectura Lúdica que es mística, que extasía y enamora; esa que provoca las cuatro "manías" socráticas (Platón, Fedro: 265 a-b); esa que es la fuente de la salud que sólo a la condición humana le es dado "contemplar". Lectura Lúdica que es: "Ser uno con todo", entrar en el sí-mismo"; "visión intuitiva"; lectura de y con todos los sentidos, con la mente y con el espíritu; esa que revela las cosas; esa que otorga sentido a la palabra poética... en fin: "contemplar".
Lograr esa "contemplación" es lo que Nietzsche propone y "grita" con su Superhombre, su "eterno retorno de lo mismo", su "Dios ha muerto", y de lo cual, Zaratustra, es "el Señor" y "El Maestro".
Él lo intuía desde sus ya remotas lecciones de Basilea sobre la retórica, que aquel "conocimiento" era y estaba en el sí-mismo y sólo era posible comunicarlo por medio de la poesía:
"No son las cosas quienes entran en nuestra consciencia, sino la manera en que estamos frente frente a ellas, lo que los griegos llamaban el pitzanon. El lenguaje es retórica, pues quiere trasmitir sólo una doxa, no una episteme".
(...)
Todas las palabras son, en sí y en relación con su significado, tropos, representan en vez del proceso real una imagen sonora que se apaga en el tiempo (...) Los tropos no se suman a las palabras de vez en cuando, sino que son su naturaleza más propia. No hay un significado auténtico que sólo se transfiere en casos especiales" (Nietzsche, Retórica).
En consecuencia y consciente del esotérico conocimiento que iba a trasmitir, Nietzsche -ya "maduro e iniciado"-, recurrió al hermético lenguaje de la música y de la poesía para que Zaratustra "anunciara" esa mistérica doctrina, la que los hombres tendrán que aprender
"(...) a oír con los ojos?" (Z, I, Prólogo, 5).
¿No son, acaso, música y poesía, el portal de acceso a lo inefable?:
"Nosotros somos notas vivas sonando conjuntamente en tu armonía, ¡oh, naturaleza" (Hölderlin, Hiperión, Libro 4, ultima carta a Belarmino).
Por esto, y por mucho más, es por lo que considero a Así habló Zaratustra la inexplorada Guía de "iniciados" a Superhombres que, con mi método de Lectura Lúdica y, aprovechando el acompañamiento espiritual que me ofreces con tu poema (descifrar lo que está oculto, este es el sentido de la vida), voy desvelando en un juego, en una fiesta eleusina, en una "experiencia" de gozo y místico éxtasis.
Y, porque esto es así y para que me "escuches con tus ojos", repito, recito y canto, como mías, las palabras de Zaratustra, con lo que voy a llamar: La canción del "iniciado":
"Cuando Zaratustra tenía treinta años abandonó su patria y el lago de su patria y marchó a las montañas. Allí gozó de su espíritu y de su soledad y durante diez años no se cansó de hacerlo. Pero al fin su corazón se transformó, - y una mañana, levantándose con la aurora, se colocó delante del sol y le habló así:
«¡Tú gran astro! ¡Qué sería de tu felicidad si no tuvieras a aquellos a quienes iluminas!
Durante diez años has venido subiendo hasta mi caverna: sin mí, mi águila y mi serpiente te habrías hartado de tu luz y de este camino.
Pero nosotros te aguardábamos cada mañana, te liberábamos de tu sobreabundancia y te bendecíamos por ello. ¡Mira! Estoy hastiado de mi sabiduría como la abeja que ha recogido demasiada miel, tengo necesidad de manos que se extiendan.
Me gustaría regalar y repartir hasta que los sabios entre los hombres hayan vuelto a regocijarse con su locura, y los pobres, con su riqueza.
Para ello tengo que bajar a la profundidad: como haces tú al atardecer, cuando traspones el mar llevando luz incluso al submundo, ¡astro inmensamente rico!
Yo, lo mismo que tú, tengo que hundirme en mi ocaso, como dicen los hombres a quienes quiero bajar. ¡Bendíceme, pues, ojo tranquilo, capaz de mirar sin envidia incluso una felicidad demasiado grande!
¡Bendice la copa que quiere desbordarse para que de ella fluya el agua de oro llevando a todas partes el resplandor de tus delicias!
¡Mira! Esta copa quiere vaciarse de nuevo, y Zaratustra quiere volver a hacerse hombre.»
- Así comenzó el ocaso de Zaratustra" (Z, I, Prólogo, 1).
Esta es la misma canción que deberá empezar por cantar todo aquel que aspire a las "experiencias" "de satisfacción y de felicidad" que ofrecen los misterios eleusinos o, para el caso, zaratustrinos: águilas y serpientes, trasformaciones en camellos, leones y niños, visiones y enigmas, canciones y todo lo demás.
Para respaldar lo dicho, de nuevo la escritura del maestro. Otro de los aforismos de Giorgio Colli:
"Una indicación reveladora
En un fragmento escrito en 1883, Nietzsche declara haber descubierto el secreto del universo griego. Los griegos creían en el eterno retorno, porque la fe en los misterios significa precisamente eso. La observación es importante sobre todo como testimonio de la relampagueante penetración histórica de Nietzsche (aunque no considere oportuno divulgar dicha intuición): el vértice de lo griego habrá que buscarlo en el éxtasis colectivo, en el conocimiento místico de Eleusis. Y se puede tener la certeza de que al establecer semejante relación Nietzsche no pensaba en los ritos agrarios y en el ritmo cíclico de la vegetación. Pero más importante todavía es la revelación personal, algo similar a la séptima carta platónica: la doctrina suprema de Nietzsche es una fulguración mística, una visión que libera de cualquier aflicción y de cualquier deseo, incluso de la individuación. Después de esa experiencia todas la ideas, discusiones, doctrinas de Nietzsche no serán más que una comedia de la seriedad" (Giorgio Colli, Después de Nietzsche, Anagrama, Barcelona, 2000, p. 151).
Ese es el secreto del universo griego que Nietzsche descubrió e interpretó cabalmente en ese primer proyecto: El retorno de lo mismo, que te cité atrás.
En fin, ya habrá oportunidad de otras cartas y charlas y antes de despedirme y por ahora, quería decirte:
En tus poemas pre-siento el camino que sigues hacia "la cima de los pensamientos y la cumbre de la inefable montaña", allí en donde el cielo y la tierra, el poeta y el filósofo, "son Uno con Todo".
La alegría de tu lectura es para mí, porque, como también te lo dije, es un gozo escribir con los amigos.
Y, como el asunto es un camino que se hace, seguiré escribiendo mis cartas y gozaré como un niño cuando estemos juntos tomándonos ese tinto, no por mi sabiduría, sino por la alegría de una rica charla entre amigos.
(Escribí para mí, para ti, para quien sea),
"Que sigas bien"
Iván Rodrigo García Palacios.

viernes, 3 de septiembre de 2010

PS. Carta eleusina No. 1

Iván Rodrigo García Palacios
PS. Carta eleusina No. 1

Apreciado Lucilio, "te saludo"

Estando en la escritura de mi Carta eleusina No. 2, me "asaltaban" asuntos sobre lo ya escrito, lo que escribía y lo por escribir y sentí la necesidad imperiosa de expandir sobre lo escrito, aunque no estoy seguro de si con ello se expandía claridad, porque en los asuntos sobre filosofía y filósofos son tan complicadas las cosas con eso de la interpretación de lo qué se dice, lo qué se quiere decir o lo qué significan las palabras y conceptos, así como lo qué interpretan los exégetas.
Por eso y consultando sobre lo qué significa y quiere significar Nietzsche con algunas de sus palabras y lo que yo creo qué significan, me dedico a explorar y repasar los libros de los maestros, que es lo que ahora te trascribo.
Tal es el caso con la lectura del Nietzsche de Heidegger, ese libro en el que se recopilaron las lecciones en la Universidad de Friburgo de 1936 a 1940, libro y lecciones con las cuales hay que tener especial cuidado, pues no debe olvidarse que ellas fueron dictadas en el período del pleno apogeo del régimen Nazi y en el momento en el que Elizabeth Foster-Nietzsche, con su Archivo Nietzsche, logró que Hitler aceptara las ideas y la figura del Nietzsche que ella se había confeccionado a su medida: antisemita y profeta de la supremacía aria, convirtiéndolo en paradigma del nazismo del que Heidegger todavía cargaba con la marca de la cruz gamada en su frente que él se había ungido en 1933. Y, por supuesto, el libro fue compuesto y editado para su publicación luego de la caída del régimen.
Sin embargo y aun así, es interesante lo que en ese momento Heidegger dijo e interpretó de Nietzsche, su vida y su obra, cernidas las ideologías, porque con ello, el "gran maestro de Alemania", "casi" determinó y "casi" determina todavía las interpretaciones que se hacen de la vida y la obra de Nietzsche.
Pero, en lo que a mi concierne y por el momento, sólo me interesaba, ahora y específicamente, consultar en lo que se relaciona con los asuntos de "trasformarse en niño", "inocencia", "juego" y "olvido", en De las tres trasformaciones de Así habló Zaratustra y en los textos de los proyectos y notas (rescatadas póstumamente) que Nietzsche escribió en sus cuadernos a partir de agosto de 1881 sobre el eterno retorno de lo mismo y antes de escribir Así habló Zaratustra y que te trascribo a continuación:
"El segundo proyecto invierte el orden de los pensamientos principales al comenzar con el del eterno retorno. Dice así (XII, 426):
«1) El conocimiento más poderoso.
2) Las opiniones y los errores transforman al hombre y le dan las pulsiones, o bien: los errores incorporados.
3) La necesidad y la inocencia.
4) El juego de la vida.»
Este proyecto también proporciona algunas indicaciones en otro respecto: «La necesidad» no se refiere a cualquier necesidad sino a la del ente en su totalidad. «El juego de la vida» nos recuerda inmediatamente una sentencia de Heráclito, el pensador al que Nietzsche se σεία más próximo: αιών παΐςέστι παίδων, πεσσεύων ποαδοςή βασιΛηίη (fr. 52). «El eón es un niño que juega, jugando con fichas sobre un tablero; de un niño es el dominio» (sobre el ente en su totalidad).
Con eso se indica: el ente en su totalidad está dominado por la in-nocencia [Un-schuld]. La totalidad es αιών. Es prácticamente imposible traducir esta palabra de manera adecuada. Alude a la totalidad del mundo, pero, a la vez, tomada como tiempo y referida por medio de éste a nuestra «vida», alude al transcurso vital mismo. Se suele determinar el significado de αιών del siguiente modo: Eon alude al «tiempo» del «cosmos», es decir de la naturaleza, que se mueve en el tiempo que mide la física. De este tiempo se distingue el tiempo de nuestras «vivencias». Pero lo que se nombra con αιών está más acá de ese tipo de distinciones. Asimismo, se piensa el κόσμος muy pobremente cuando se lo representa de modo cosmológico.
El uso que hace Nietzsche de la palabra «vida» es ambiguo. Nombra la totalidad del ente y, al mismo tiempo, nuestro modo de estar «entremezclados» en esa totalidad. Una ambigüedad análoga se da al hablar de «juego» (cfr. la primera de las «Canciones del Príncipe Vogelfrei»: «A Goethe»; apéndice a la segunda edición de La gaya ciencia, 1887; v. t. II, págs. 380 s.)".
Martin Heidegger, Nietzsche, Vol. I, Destino, Barcelona, 2000, pp. 272-273.
(Añado y aclaro: las citas que hace Heidegger corresponden a la «edición en gran octavo» de las obras completas de Nietzsche, basada en los trabajos de Peter Gast y en el Archivo Nietzsche-Foster-Nietzsche y que fuera la oficial hasta 1964, cuando comienza a aparecer la edición crítica de G. Colli y M. Montinari, que la remplazó).
Esa es una interesante interpretación sobre esas palabras que considero primordiales, para mi propósito, en el discurso de Zaratustra: De las tres trasformaciones: niño, inocencia y juego. Queda pendiente: olvido:
"Lo bello es ese movimiento en sí mismo antagónico que se compromete en la apariencia sensible más cercana y, al hacerlo, se eleva al mismo tiempo hacia el ser: es lo que cautiva y arrebata [das Berückend-Entrückende]. Es lo bello, por lo tanto, lo que nos arranca del olvido del ser y nos proporciona la mirada a él" (Martin Heidegger, Nietzsche,Vol. I, pp. 186-187).
Otro de los asuntos de mi atención inmediata y el que apenas voy cartografiando paso a paso, es el relacionado con el propósito que, entre tantos que tiene, yo le atribuyo a Así habló Zaratustra como Guía de "iniciados" a Superhombre, es decir, qué, cómo, porqué, etc., esa guía funciona, según se lo pregunta Nietzsche:
"¿Qué haremos con el resto de nuestras vidas, nosotros que hemos pasado la mayor parte de ella en la ignorancia mas esencial?"
Y tal y como él lo expresa en el punto quinto del proyecto que a continuación trascribo en la cita con la que Heidegger lo interpreta, y que, a su vez, conecta con el ya trascrito.
Sobre los tantos propósitos que Heidegger interpreta del eterno retorno de lo mismo nietzscheano de antes de Así habló Zaratustra, así como sobre lo relacionado con lo de mi Guía y lo que Nietzsche incorpora en Así habló Zaratustra, que expurgo porque, después de Así habló Zaratustra, Nietzsche fue variando y ampliando el propósito del eterno retorno, dice Heidegger, en las páginas 269-271 y antes de la anterior cita, lo siguiente:
"Las cuatro notas de agosto de 1881
Consideremos ahora las cuatro notas referentes a la doctrina del eterno retorno de agosto de 1881. Estas notas constituyen a la vez esbozos para una obra, con lo que ya resulta visible el alcance que Nietzsche le otorga al pensamiento del eterno retorno de lo mismo. Las notas datan de un año antes de su primera comunicación en la Gaya ciencia y señalan ya el camino que seguirá en lo sucesivo todo el tratamiento de la doctrina del eterno retorno. De este modo se confirma al mismo tiempo lo que dice el propio Nietzsche sobre Así habló Zaratustra en Ecce homo: que el pensamiento del eterno retorno es «la concepción fundamental de la obra». El primer esbozo reza así (XII, 425):
«EL RETORNO DE LO MISMO
Proyecto
1) La incorporación de los errores fundamentales.
2) La incorporación de las pasiones.
3) La incorporación del saber y del saber que renuncia. (Pasión del conocimiento) .
4) El inocente. El individuo como experimento. El aligeramiento de la vida, rebajamiento, debilitamiento: transición.
5) El nuevo peso: el eterno retorno de lo mismo. Infinita importancia de nuestro saber, nuestro errar, nuestras costumbres, nuestros modos de vida, para todo lo venidero. ¿Qué haremos con el resto de nuestras vidas, nosotros que hemos pasado la mayor parte de ella en la ignorancia mas esencial? Enseñaremos la doctrina, es el medio más fuerte para incorporarla nosotros mismos. Nuestro tipo de bienaventuranza como maestros de la mayor doctrina.
Comienzos de agosto de 1881 en Sils-Maria, a 6.000 pies sobre el nivel del mar y mucho más alto sobre todas las cosas humanas.»
(Añado esta nota que considero importante: Este proyecto está notado como 11 [141], primavera-otoño 1881, en la edición crítica de las obras de Nietzsche de G. Colli y M. Montinari, según la publicación: Fragmentos póstumos que hiciera el Grupo Editorial Norma en su colección Cara y Cruz, Bogotá, 1992, p. 163).

Ya el hecho de que Nietzsche registre explícitamente la fecha de la nota es un indicio de lo inusual de su contenido y de su propósito. La doctrina es comprendida desde su enseñanza y desde aquel que la enseñará.

El título del «proyecto» refiere inmediatamente al conjunto. Y sin embargo, sólo se habla del eterno retorno en el punto 5, e incluso allí no se dice nada sobre su contenido, ni siquiera en forma de esbozo. Por el contrario, la palabra directriz del proyecto es «incorporación» [Einverleibung], La doctrina es llamada «la mayor doctrina» y «el nuevo peso». Entonces aparece súbitamente la pregunta: «¿Qué haremos con el resto de nuestra vida?». Se trata, por lo tanto, de un corte decisivo de la vida, que separa lo anterior (lo transcurrido) del «resto» que aún queda. Evidentemente, el corte es provocado por el pensamiento del eterno retorno, que todo lo transforma. No obstante, lo que se encuentra antes de este corte y lo que le sigue no están separados de manera cuantitativa. Lo ocurrido antes no queda apartado. El punto 5 está precedido de otros cuatro y el 4 termina con la indicación: «transición». Por muy nueva que sea, la doctrina del eterno retorno no sale del vacío sino que está sujeta a una «transición». Cuando esperamos que se explicite ante todo el contenido esencial de la doctrina y, sobre todo, que se la fundamente y que se aporten indicaciones en ese sentido, de lo único de que se trata es, podríamos decir, del efecto que tiene la doctrina sobre los hombres y, en especial, o exclusivamente, sobre el propio maestro que la enseña; de la «incorporación» del nuevo saber y de su enseñanza como un nuevo tipo de bienaventuranza. De Así habló Zaratustra ya sabemos lo esencial que es la cuestión de la «incorporación» del pensamiento del eterno retorno y que Zaratustra sólo se vuelve un convaleciente después de haber incorporado lo más importante de él. Si seguimos el significado de la palabra, llegamos a la idea de «comer», ingerir y digerir. Lo incorporado es lo que hace que el cuerpo —el vivir corporalmente [das Leiben]— esté más firme, erguido y seguro, es al mismo tiempo aquello con lo que hemos acabado y que nos determina en el futuro, la sabia de la que extraemos las fuerzas. Incorporar el pensamiento quiere decir aquí: llevar a cabo el pensar del pensamiento de manera tal que se convierta de antemano en la posición fundamental respecto del ente en su totalidad y, en cuanto tal, domine por anticipado a todo pensamiento singular. Sólo si el pensamiento se ha convertido en la actitud fundamental de todo pensar, se ha tomado posesión de él en conformidad con su esencia, es decir, se lo ha incorporado.

La decisiva meditación del proyecto titulado «El retorno de lo mismo» se dirige inmediatamente a la «incorporación».
Martin Heidegger, Nietzsche, Vol. I, Destino, Barcelona, 2000, pp. 269-271.
Como lo puedes notar, el asunto, como lo plantea Heidegger, también me habla de tu Terapia dialógica y del Tercer mundo del diálogo.
En fin, "el camino es largo y culebrero". Heidegger no es el único de los interpretes de Nietzsche que han visto, sin revelarlo como "conocimiento" para la "contemplación" y el funcionamiento práctico de la existencia, eso que Nietzsche "incorpora" en Así habló Zaratustra, así y luego lo hubiera desarrollando hasta perderse en la complejidad y en la imposibilidad.
Por fortuna y a partir de esas visiones, es posible saber que el asunto está allí y que es posible proponer una solución del enigma.
Por cualquiera sean los motivos, es lo que voy tratando de hacer y para lo que estas cartas eleusinas son poderosa motivación que estimulan, precisan y concretan mis averiguaciones, estudios y escrituras. Ahí está la alegría de escribir con los amigos.

(Escribí para mí, para ti, para quien sea)
"Que sigas bien",
Iván Rodrigo García Palacios.

sábado, 14 de agosto de 2010

Carta eleusina: Guía de "iniciados" de Zaratustra


Iván Rodrigo García Palacios

Carta eleusina

"Si con razón reprueba en aquella carta Epicuro a quienes dicen que los sabios se bastan a si mismos y por ende no necesitan de amigos, deseas saber. En efecto, Estilpón es objetado por Epicuro, como así también lo son aquellos para quienes la visión del sumo bien es la de un espíribu impasible" (Lucio Anneo Séneca, Cartas a Lucilio, No. 9).

Apreciado Lucilio, "te saludo"

Leí con gusto y detenimiento la Terapia dialógica (2) y la tomé como si respondieras a mis inquietudes del otro día y, si así fuera, me pareció oportuno responderte con algunas de mis consideraciones, las cuales se corresponden con la búsqueda de una "vía" para vivir con bienestar, satisfacción e inspiración, como lo podrás notar por las prolijas lecturas que te cito, incluidas mis reflexiones y lecturas sobre esos inquietantes y reveladores aspectos neurocientíticos de la indivisible unidad de cuerpo, mente y espíritu, unidad a la que la cultura occidental, por más de dos mil años, ha fragmentado en los mil y un añicos de los espejos: sus palabras, el "Logos/Verbo", esa polémica sin fin en la que no voy a entrar. Así como también incluyo algo de mis reflexiones sobre "el hombre demediado, por lo mediado" y otros asuntos relacionados. En fin.
Te cuento que leí lo que me sugeriste de Mónica Cavallé sobre De las tres trasformaciones de Así habló Zaratustra, junto con otros de sus textos, pero poco más tienen que ver con las ideas que te comenté y las que más adelante te expongo en mayor detalle.
Eso sí, me parecieron filosóficamente interesantes, porque exploran y explotan los apolíneos terrenos de la palabra, del "Logos/Verbo", en esas modalidades platónico-socráticas de la "medicina del alma" que son el asesoramiento filosófico, la terapéutica filosófica y la filosofía práctica, etc.
Modalidades filosóficas esas que, por contraposición, no se aventuran a explorar en los dionisíacos terrenos del sentir, a los que se dirigen los poderes sanadores y salvíficos, nunca terapéuticos, de los misterios eleusinos; esos "conocimientos" a los que, me imagino, se los ignora por lo mistéricos y secretos.
Son esos los "conocimientos" que Platón le propusiera a Sócrates y que él explica y emplea en Banquete, Fedro y en otros de sus Diálogos y Cartas, porque él, al igual que Aristóteles y tantos otros "sabios", no los consideraron ni extraños ni ajenos ni contrarios ni contradictorios, para el "cuidado del alma" y con el "buen sentir y pensar", más bien, para ellos, eran "experiencias" "de satisfacción y de felicidad":
"Pues bien, querido Sócrates, tal vez tu también puedas ser iniciado en esta doctrina del amor; pero llegar al grado más perfecto de la contemplación mistérica, que es la meta de todo lo dicho -con tal de que se siga el camino justo- no sé si serás capaz de alcanzarlo" (Platón, Banquete, 209e).
Claro, sobre ese asunto habría que escribir también lo mismo que escribió Platón:
"Desde luego que yo no he escrito nada sobre esas cosas, y nunca lo escribiré; porque este conocimiento no es en modo alguno comunicable, como otros, sino que sólo después de una intensa familiaridad con el objeto y después de haber convivido largo tiempo con él, de repente -como luz que brota de una llama palpitante- surge en el espíritu y el mismo se alimenta de sus propias virtualidades" (Platón, Séptima carta, 341 c-d).
Pienso que ese incomunicable conocimiento hace parte de esa sabiduría secreta de Platón, de la que escribió Giovanni Reale, lo mismo que también puede hacerse extensivo a Aristóteles y, desde él, a tantos otros "sabios", hasta llegar a Plotino y más acá.
Porque la cosa era seria, puesto que, hasta el serio y respetado Aristóteles, terció en el asunto con igual devoción, aceptación y secreto y lo compartió y experimentó con los suyos:
"(...) aquellos cuya vida, por ser participación en los misterios e iniciación consumada, debe estar llena de satisfacción y de felicidad ... Después nos sentaremos aquí abajo en religioso silencio y con toda dignidad; porque nadie se lamenta de ser iniciado" (Aristóteles, Sobre la filosofía, fr. 14).
A lo que agrega:
"(...) como sostiene Aristóteles, que los iniciados no deben aprender otra cosa, sino experimentar una emoción y quedarse en un determinado estado, evidentemente después de haber sido capacitados para eso".
"(...) lo que pertenece a la enseñanza y lo que se refiere a la iniciación. Porque lo primero se hace presente al hombre a través del oído, pero lo segundo sólo cuando la mente experimenta una súbita iluminación; eso es lo que llamó Aristóteles mistérico y semejante a las iniciaciones de Eleusis (porque en ellas el iniciado quedaba marcado con respecto a las visiones, pero no recibía una enseñanza" (Aristóteles, Sobre la filosofía, fr. 15).
"Pero podría ser que uno ignorara lo que hace, por ejemplo ... o que no supiera que se trataba de secretos incomunicables, como decía Esquilo a propósito de los misterios..." (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1111 a 8-10).
Esto de los misterios eleusinos, si bien era un secreto, fue un asunto en el que no sólo se involucraron las mentes superiores de la antigua Grecia, sino que, también, como ahora lo demuestran algunos especialistas, tienen que ver ("contemplar") con el origen de esa sabiduría griega, cuya herencia satanizó el cristianismo.
No hay que olvidar que los mitos y las celebraciones a Dionisios, Apolo y a esa constelación de dioses, además de superstición, inspiraron y fueron motivo de "conocimiento" y del "Logos/Verbo":
Homero, los poetas, los mal llamados filósofos presocráticos, Heródoto, los dramaturgos: Esquilo, quien fuera acusado de revelar el misterio (Agamenón, Cretenses, Hipólito, El cíclope, Hipsípila, Ifigenia en Áulide, Bacantes, Polieidos), Sófocles (Antígona, Edipo en Colono), Eurípides (Heracles, Alcestes), Aristófanes (Las ranas, Las aves), todos ellos incorporaron esos misterios en sus escrituras, tragedias y comedias.
Y, como ese era de verdad un asunto importante, la "iniciación" eleusina y sus misterios se mantuvo en secreto y casi inmodificada, por más de mil años en Grecia, en el helenismo, en Roma y hasta Plotino en el siglo III, época en la que los padres cristianos la estigmatizaron y demonizaron con cruel escarnio; por ese motivo, los misterios se refugiaron en las profundas cavernas de la clandestinidad, haciendo episódicas reapariciones en tiempos más cercanos, pero ya con otras formas y expresiones, tal la excepcional Guía de iniciados a Superhombre de Zaratustra, de la que más adelante te escribo.
Es que el asunto de los misterios eleusinos tiene profundas raíces y es necesario remontarse a las fuentes, a los propios misterios eleusinos, los que pienso, se originaron en la desaparecida civilización minóica, pero ese es otro asunto. Son esas las mismas fuentes donde Platón, ya actuando como el inventor de la filosofía, Aristóteles, el filósofo por excelencia y todos los que les antecedieron y les siguieron, se inspiraron para formular, ésta sí, ya una terapéutica, como la de los asesores filosóficos contemporáneos y "Ab uno disce omnes".
El texto más antiguo sobre los misterios eleusinos, es el Himno a Deméter, del siglo VII a. C.:
"Dichoso, entre los habitantes de la tierra, el que ha visto estas cosas" (Homero, Himno a Deméter).
A lo que Píndaro precisa y corrobora:
"Dichoso el que entra bajo la tierra, después de haber visto estas cosas;
conoce el fin de la vida,
y conoce su principio, el que le dio Zeus" (Píndaro. fr. 137).
Asunto que Giorgio Colli presenta así:
"No cabe duda que la celebración de los misterios de Eleusis -uno de los momentos cumbre de la vida griega, que tenía lugar todos los años hacia finales de verano- era una fiesta del conocimiento" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, Trotta, Madrid, 2008, p. 30).
Luego, Giorgio Colli comenta antes de proceder a despejar su incredulidad:
"Realmente parece difícil imaginar -aunque es cierto que los poetas exageran- que la contemplación de la mera imagen de una diosa pueda proporcionar a un gran número de iniciados el conocimiento del principio y del fin de la vida" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, Trotta, Madrid, 2008, p. 30).
Por lo que se sabe y tal y como lo presenta Karl Kerényi, la celebración y los ritos secretos, de la fiesta anual del otoño, mes del Boedromion, en Eleusis, se desarrollaba en tres etapas. La primera, correspondía al año de preparación, purificaciones y selección de los iniciados. La segunda, apolínea, de la palabra, previa al rito principal, con poesía, música y cánticos de Orfeo, en la que se alcazaba el estado epóptico. La tercera, dionisíaca, la representación prevalentemente mímica del mito de las dos diosas, Deméter y Kore, hasta alcanzar el estado de visión, epópteia, este último, si presidido por Dionisios.
Nótese que, en el punto principal de la tercera y definitiva etapa, se excluye el uso de palabras y, en su lugar, se recrean imágenes e imitaciones. Esto es fundamental en la operación cognoscitiva. Esa es la acción dionisiaca: un estado de iluminación, satisfacción y felicidad, incomunicable que, sin embargo, sólo puede expresarse en palabras, lo que, en la explicación de Giorgio Colli, parece conectado a la Terapia dialógica:
"Como ya se ha indicado antes, los presupuestos de Orfeo son Dionisios y Eleusis: Orfeo cuenta la historia del dios, y así conduce al conocimiento supremo. Pero otra característica de Orfeo es la música: toca la lira y canta. Por eso, con él se manifiesta Apolo, en su aspecto benigno, bajo la figura de "el salvador de Dionisios". Por otra parte, la poesía es palabra; y la palabra es el dominio de Apolo. Pero la palabra no puede expresar la epópteia, la visión suprema de Eleusis, sino solamente prepararla, sugerirla, tal vez incluso suscitarla; y eso es también característica de Apolo, de su naturaleza oblicua, indirecta, ambigua, aunque -esta vez- con una intención benévola, excitante. Orfeo es el servidor de Apolo -incluso se dice que es su hijo- y urdió historias de dioses que encubren la sabiduría" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, pp. 40-41).
Ahora bien y para situar el asunto en su contexto, te recuerdo la cita que ya te había enviado del libro La sabiduría griega, de Giorgio Colli:
"¿Por qué empiezo precisamente con Dionisios esta presentación de la sabiduría griega? Pues, sencillamente, porque con Dionisios la vida se muestra como sabiduría, sin renunciar a su torbellino vital: ahí está el secreto. En Grecia, un dios nace de una contemplación entusiasta de la vida, de un fragmento de vida que se pretende inmovilizar. Y esto ya es, en sí mismo, conocimiento. Pero Dionisios nace de una contemplación de la vida entera, en su inmensa amplitud. Pues bien, ¿cómo es posible abarcar toda la vida, en una visión de conjunto? Esa es precisamente la presunción más arrogante del conocimiento. Si se vive, es que se está dentro de una determinada vida. Pero pretender situarse dentro de toda la vida en su conjunto es exactamente lo que provoca el nacimiento de Dionisios, como el dios de donde brota la sabiduría" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, p. 15).
A la que añado:
"Igual que en la tragedia -como afirma Nietzsche- la excitación y la embriaguez extática de Dionisios se vierten en un mundo apolíneo de imágenes, es decir, en una serie de manifestaciones de Apolo que confieren a Dionisios un carácter de objetividad, así también en la poesía órfica podemos encontrar una relación análoga entre contenido dionisíaco y la forma apolínea" (Giorgio Colli, La sabiduría griega, I, p. 41).
Espero que estaremos de acuerdo y me lanzo "al más allá":
El conocimiento místico/mántico (ese que es conocimiento indirecto, ya que su naturaleza exige el carácter inmediato y el que no es posible "proferirlo", puesto que su realidad es ajena a la palabra), es tanto o más real y operativo para cuerpo, mente y espíritu, que el conocimiento del "Logos/Verbo". Sentir y "Logos/Verbo", son los pasos complementarios hacia la sabiduría de la vida.
Para afirmarlo, me apoyo en una reconocida autoridad, Raimon Panikkar, cuando dice, refiriéndose a la búsqueda del conocimiento por la mística:
"Esto es lo que pretendía la Filosofía en sus mejores momentos. Se hablaba entonces de Filosofía como arte y ciencia de Vida, como actividad contemplativa y aprendizaje de Sabiduría: ars vitae (Seneca), cultura animi (Cicerón), vera religio (Escoto Eurígena) o más recientemente “el fin propio de todo filósofo es la intuición mística” (Nietzsche)" (Raimon Panikkar, De la Mística. Experiencia plena de la Vida, Herder, Barcelona, 2005, p. 180).
Sentir, mística/mántica y "Logos/Verbo". Bien sabían los griegos que Dionisios y Apolo debían ser y estar en equilibrada fusión y polaridad como condición necesaria para la salud individual y colectiva y, por ello, también buscaron el equilibrio de la unidad y la polaridad de las dos sabidurías: la sabiduría de Dionisios, la del sentir, de la visión, del conocimiento inmediato e incomunicable, del recuerdo, del pasado. Y la sabiduría de Apolo, de la palabra, del "Logos/Verbo", que es futuro, que es comunicable, pero dependiente de la interpretación.
Ese es el equilibro que alcanzó Epiménides, el ascético cretense que profetizó, con diez años de anticipación, el destino de Atenas frente los persas, y que llevó, por encargo del sabio político Solón, sus sabidurías dionisiaca y apolínea a Atenas para purificarla y restaurar, en el ánimo de los atenienses, la tranquilidad y la sabiduría del gozo primitivo:
"(...) Epiménides es un verdadero interprete, con la distancia que con respecto a la sacralidad posee un individuo que reflexiona sobre la palabra del dios, como una especie de contraposición con el propio dios en una lucha de sutilezas en la que empieza a tomar forma el arma del "Logos/Verbo". Pero aun aquí, en la esfera de la adivinación que parece propia de Apolo, Epiménides deja traslucir una anomalía. Sabemos de buenas fuentes que su enorme capacidad adivinatoria no se refería al futuro, sino más bien al pasado. Vienen a la mente no sólo el mundo mistérico, que se refleja en la poesía órfica, sino también el especial relieve que se atribuye a la memoria como potencia catártica. La salvación consiste en recuperar el pasado, porque precisamente ahí es donde se disipan todas las apariencias y se nos da la posibilidad de ver al dios y, en consecuencia, de trasformarnos a nosotros mismos en seres divinos. Y ese es Dionisios. A eso alude la profecía que subyace en Epiménides. En cambio, Apolo dirige la atención hacia el futuro, pues su instrumento es la palabra; y la palabra saca a la luz ciertos aspectos de lo oculto mediante una difusión clarificadora -donde la palabra que interpreta es a su vez, interpretada- y en la dirección que manifiesta lo abstracto. Pero para Epiménides -y para los griegos que alcanzaron el conocimiento- el futuro entero está ya contenido en el pasado primigenio, de modo que la comprensión que se puede obtener sobre el futuro lejano depende de la visión del pasado divino que en él se manifiesta". (Giorgio Colli, La sabiduría griega, II, Trotta, Madrid p. 16).
Ese es el armónico equilibrio que, desde entonces y en adelante, se trasmiten los sabios: griegos, helénicos, romanos, latinos, italianos, Bruno, Spinoza y otros cuantos y que es el que, el mismo Nietzsche, trata de infundir entre los "furores" de instintos y pasiones, con la voluntad del espíritu, en su Guía de iniciados a Superhombres de Zaratustra.
Y, ya que estamos en compañía de Nietzsche, hay que recordar que él, en su juventud y en compañía de su entrañable amigo, Erwin Rohde, se remontó, en su búsqueda del origen de la tragedia, a las fuentes dionisíacas y apolíneas de la sabiduría y la filosofía griega: Homero y la épica, los poetas órficos y líricos, los dramaturgos y, por supuesto, los mal llamados presocráticos, entre ellos, Epiménides, Anaximandro, Heráclito, Parménides, Empédocles, Ferecides y su alumno Pitágoras y a los fundadores de la filosofía occidental: Sócrates, Platón, Aristóteles & Co.
Además, Nietzsche, también fue acucioso explorador del misticismo cognoscitivo oriental, de los Upanishads, de los pitagóricos, de Platón, de Plotino, de Bruno, de Spinoza, de los españoles, de los alemanes, etc. Además de su acucioso interés por las ciencias de su época que bien nutrieron algunas de sus ideas: Darwin y el evolucionismo sociológico, la física y la especulación cósmica, etc.
Y, por supuesto, sus atracciones e intereses de juventud y formación: la teología, Hölderlin, Wagner y la música, la literatua (Goethe, Dostoievski, etc.), los románticos, Schopenhauer y la filosofía alemana, italiana, francesa, inglesa. Nietzsche fue un estudioso y lector voraz.
Esa fue "la materia", acrecentada con la infinidad de otras "materias" procedentes de múltiples fuentes, antiguas y contemporáneas que en 1882, Nietzsche "destiló", "purificó" y "sublimó", en el crisol alquímico de su sí-mismo, para fundirla con "el furor" del enamoramiento por Lou Andreas Salomé e intuir la revelación que originaría y nutriría la escritura de su Guía de iniciados de Superhombres que es Así habló Zaratustra.
Ese era el espíritu de los comentarios que te hice por teléfono y que, pienso, motivaron tu texto y que, ahora, motivan mi respuesta, a la que, desde entonces, me comprometí y emprendí.
Antes de hablarte del poema de Nietzsche y de la Guía de iniciados a Superhombre de Zaratustra, voy a intentar parar los dados en el "instante", y tratar de establecer equilibrio entre mántica, profecía, "manía", salud y episteme, así como con las formas de locura que a los elegidos afecta, con la debida iniciación y el debido recogimiento:
"SÓCRATES: Pero hay dos formas de locura; una debida a enfermedades humanas, y otra que tiene lugar por un cambio que hace la divinidad en los usos establecidos.
FEDRO: Así es.
SÓCRATES: En la divina, distinguíamos cuatro partes, correspondientes a cuatro divinidades, asignando a Apolo la inspiración profética, a Dioniso la mística (mántica), a las Musas la poética, y la cuarta, la locura erótica, que dijimos ser la más excelsa, a Afrodita y a Eros" (Platón, Fedro: 265 a-b).

¿Dónde está la sabiduría que
hemos perdido con el conocimiento?
¿Y dónde está el conocimiento que
hemos perdido con la información?
(T.S. Eliot, La roca).

Considera que ātman es el dueño de la carroza
y el cuerpo es la carroza.
Considera que buddhi es el auriga
y manas (mente) las riendas.
A los sentidos los llaman caballos,
y a los objetos de los sentidos sus pastizales.
Al ātman en conjunción con los sentidos y la mente
los sabios lo llaman el sujeto de la experiencia.
(Kaṭha Upaniṣad, 3. 3-4).

"Recuérdese, a este respecto, que aun aquí abajo, cuando se ejerce una actividad contemplativa y, sobre todo, cuando ésta se realiza con suma claridad, no se vuelve uno hacia sí mismo a través de un acto de pensamiento, sino que se posee uno a sí mismo, y la actividad contemplativa se dirige por completo hacia el objeto, y nos transformamos en ese objeto [...] ya no se es uno mismo sino de un modo potencial" (Plotino, IV, 4,2, 3.).

"Si quiero averiguar si alguien es inteligente, o estúpido, o bueno, o malo, y saber cuáles son sus pensamientos en ese momento, adapto lo más posible la expresión de mi cara a la suya, y luego espero hasta ver qué pensamientos o sentimientos surgen en mi mente o en mi corazón coincidentes con la expresión de mi cara" (Edagar Allan Poe, La carta robada).

No hay mente en blanco, antes que las palabras existieran y mucho antes de nombrarlos, los Homo-Humanos, en los otros y en el mundo, ya "sentían" y pensaban, ya eran y estaban allí, en ellos-mismos, se "conocían" y "se reconocían" y los "conocían" y tenían "ideas" de sí-mismos, de los otros y del mundo. Ellos eran y estaban en sí-mismos, en los otros y en el mundo, como unidad de cuerpo, mente y espíritu; también, cielo y tierra eran uno y lo mismo.
Antes que inventar las palabras, los Homo-Humanos tuvieron que inventarse a "sí-mismos" en el espejo de los otros y del mundo.
Los Homo-Humanos se sentían y pensaban, se conocían y se reconocían a sí-mismos, a los otros y al mundo y se comunicaban por medio de los instrumentos y herramientas que la Naturaleza les había desarrollado y, con y por ellos, inventaron las palabras, los lenguajes, los idiomas, la escritura, los números, las culturas, etc., para nombrar lo que inventaban como "extensiones" de sí mismos, como lo propusiera M. McLuhan y con el fin de ayudarse en la realización de los imperativos naturales de sobrevivir, reproducirse y adaptarse: tiempo, necesidad y acción.
Eso es lo que los filósofos han tratado de averiguar por siglos y lo que, ahora, los neurocientíficos (como Antonio Damasio, en sus libros, El error de Descartes y En busca de Spinoza. Neurobilogía de la emoción y los sentimientos, y Marco Iacoboni, en su libro, Las neuronas espejo. Empatía, neuropolítica, autismo, imitación o de cómo entender a los otros), están demostrando: los fundamentos neurobiológicos de la indivisible unidad de cuerpo, mente y espíritu; de la imperativa necesidad de "los otros" y del mundo para el desarrollo de la conciencia, del sentido del "Yo", del consciente y el inconsciente, de la intencionalidad, del desarrollo del lenguaje, del sentir y los sentimientos, del actuar y la acción, en fin, de la cultura.
Sólo que las palabras fueron un invento tan poderoso que terminó por suplantar al Homo-Humano, por esclavizarlo, por alienarlo, por escindirlo, por insensibilizarlo, por convertirlo en los añicos del espejo de sus palabras.
Sobre este negocio de la filosofía de las palabras, prefiero a los humanistas italianos, más cercanos a la naturaleza humana, antes que, sin ignorarlos, a los hermeneutas alemanes, idealistas y racionalistas. Sobre este asunto me gusta mucho la obra de Ernesto Grassi, en la que reivindica ese Humanismo "de la unidad de palabra y cosa" y hace la crítica a su maestro, Heidegger y a su "casa del ser", tan racional y lógica, así como también a sus antecesores y descendientes:
"En la tradición humanista italiana aparece una y otra vez la tesis fundamental de la conexión íntima entre la experiencia personal y el pensamiento teórico, pues se sabe que los problemas que afectan realmente a las personas no se pueden ni deben plantearse de una manera abstracta y puramente formal. Si tienen sentido las preguntas que nos apremian, han de tener un presupuesto existencial, que hay que sacar a la luz a toda costa" (Ernesto Grassi, El poder de la fantasía. Observaciones sobre la historia del pensamiento occidental, Anthropos, Barcelona, 2003, p. 6).
Por ello, y en ese contexto, se puede "contemplar" y decir que: cuando el pensamiento está vacío ... pero de palabras, no deja de ser pensamiento, porque tampoco las palabras son sólo el pensamiento:
"Pero un cuerpo no es limitado por un pensamiento, ni un pensamiento por un cuerpo" (Spinoza, Ética, De Dios).
El pensamiento y el pensar son cualidades naturales del Homo-Humano, son organización, orden, interpretación, de la información. El Homo-Humano es un todo de cuerpo y cerebro; de pensamiento y pensar; de mente y espíritu, los que, a su vez, son: exploración y anhelo de conocimiento que, a su vez, son impulso para la acción. Nada de ello es invento ni de la palabra ni de la cultura, ambas, son resultado.
Las palabras, el pensar y el pensamiento, no son ni el sí-mismo ni los otros ni el mundo ni "las ideas"; las palabras, el pensar y el pensamiento no son ni el tiempo ni la necesidad ni la acción ni el actuar; las palabras, el pensar y el pensamiento no son ni el cuerpo, ni la mente ni el espíritu; las palabras son formas, representaciones; el pensamiento son la organización, el orden, la interpretación, de las representaciones y de "las ideas" y esa función y ese proceso, son el pensar.
Todo ello son representaciones de cuerpos que sienten porque:
"Los sentimientos de dolor o placer, o de alguna cualidad intermedia, son los cimientos de nuestra mente" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobilogía de la emoción y los sentimientos).
Mente y cuerpo que, como definía Spinoza, son atributos paralelos, manifestaciones, de la misma sustancia (Ética, parte I), para luego agregar:
"La mente (mens) humana es la idea del cuerpo humano".
(Spinoza, Ética, parte II).
En consecuencia y como la actual neurobiología lo está demostrando, mente, cuerpo y espíritu, son aspectos, sólo separados teóricamente, de una misma naturaleza que se manifiestan en total unidad, conexión, correspondencia y relación, de tal manera que lo que sucede en el cuerpo afecta a la mente y al espíritu y viceversa.
Esas representaciones y esas "ideas", también son afectadas por "el sentir": el instinto, la emoción, el deseo, el sentimiento, el anhelo, en la actividad homeodinámica y por el "Logos/Verbo", en la actividad intelectual. Pero las palabras no son ni el instinto ni la emoción ni el deseo ni el sentimiento ni el anhelo, pero, estos, si se expresan por representaciones.
Las palabras son "Logos/Verbo".
Las palabras no son ni la sabiduría ni el conocimiento ni el pensamiento ni la memoria ni el recuerdo, ni el espíritu ni la comunicación; son herramientas, instrumentos para la organización, la interpretación, la memorización, el recordar, la comunicación; son esa información de la que habla el poema de T.S. Eliot; son esas "extensiones" de que habla M. McLuhan, como lo anoté atrás.
Las palabras nombran; el pensamiento las ordena, las organiza, las interpreta, las proyecta, las memoriza, las recuerda, para señalar y proyectar sobre el tiempo, la necesidad y la acción.
Y, ¿el espíritu? Es emanación, anhelo, "conatus", intencionalidad, afecto.
Según George Santayana:
"El espíritu es una emanación de la vida natural" (Georges Santayana: Platonismo y vida espiritual).
Espíritu que, para las ciencias del "más acá", es anhelo, el que es, según el neurocientífico Antonio Damasio:
"El anhelo es un rasgo profundo de la mente humana. Esta implantado en el diseño del cerebro humano y en el acervo genético que lo engendra, no menos que los rasgos profundos que nos conducen con gran curiosidad hacia una exploración sistemática de nuestro propio ser y del mundo que lo rodea; los mismos rasgos que nos impulsan a construir explicaciones para los objetos y situaciones de este mundo" (Antonio Damasio, En busca de Spinoza. Neurobilogía de la emoción y los sentimientos).
Anhelo que en los territorios del alma (mens) de Spinoza, es el "conatus":
"PROPOSICIÓN IX
El alma, ya en cuanto tiene ideas claras y distintas, ya en cuanto las tiene confusas, se esfuerza por perseverar en su ser con una duración indefinida, y es consciente de ese esfuerzo suyo" (Spinoza, Ética, II).
Anhelo que para Nietzsche es:
"Basta amar, odiar, anhelar, o simplemente sentir, para que enseguida nos sobrevengan el espíritu y la fuerza del sueño y subamos por los más peligrosos caminos"(Friedrich Nietzsche, Gaya ciencia, Aforismo 58).
Creo que por esta cita viene al caso una digresión: Como se puede notar por fecha, Nietzsche, desde antes de Así habló Zaratustra, ya había "iniciado su viaje" por "la vía", "el camino", "los senderos", que lo conducirán hasta "la llama", "la iluminación", esa que, en su enamoramiento por Lou, le permitirán "contemplar" la "fuente de Diana":
"Ninguno cree posible ver el sol, el universal Apolo y luz absoluta, excelentísima y suprema especie; mas sí ciertamente su sombra, su Diana, el mundo, el universo, la naturaleza que se halla en las cosas, la luz que se oculta en la opacidad de la materia (es decir, aquella misma en tanto que resplandece en las tinieblas). De los muchos, pues, que por las dichas y otras vías vagan por esta desierta selva, poquísimos son los que acceden hasta la fuente de Diana" (Los Heroicos Furores, II, 2).
¿Serán "las dichas y otras vías" que menciona Bruno, eleusinas? No hay que olvidar que él trabajó y escribió sobre esos temas mistéricos y herméticos que lo llevaron a la hoguera.

De retorno al tema:
Y, para darle al tema del anhelo una perspectiva desde el punto de vista de la filosofía de la mente, bien vale la pena reflexionar sobre lo que dice John S. Searle sobre el asunto de la intencionalidad, a la que define:
"La intencionalidad es la propiedad de la mente por la cual esta se dirige, se refiere o alude a objetos y situaciones del mundo independiente de sí misma" (John R. Searle, La mente. Una breve introducción, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2006, pp. 205 y ss).
En el contexto de todo lo anterior, no se puede afirmar que son las palabras las que enferman o curan, las que hieren o alivian, las que oscurecen o aclaran, a la mente, al pensamiento, a "las ideas", al espíritu, pueden participar, pero este otro asunto.
En cambio, si lo son, cuando se infectan, las heridas infligidas al cuerpo, a la mente y al espíritu, por aquellos eventos que violentan su naturaleza; son, así mismo, las cicatrices, las huellas, esas marcas de representación que ellas provocan junto con todo lo demás que afecta al Homo-Humano y, de las cuales, las palabras son sólo un nombre, un concepto, una representación, pero también, un recuerdo.
Son esas representaciones, esos sentimientos de placer y dolor, que se memorizan y se evocan durante los procesos cerebrales, mentales, emocionales y sentimentales, de cada individuo, determinando su reactividad y su estado físico y anímico. Sobre esto tratan las investigaciones de los neurocientíficos Antonio Damasio, Marco Iacoboni y muchos otros.
A propósito, en cuestiones de psicologías, prefiero al americano William James y al ruso Lev Vigotski, y sus sucesores y, por supuesto, a la nueva neuropsicología. Y en las letras y las artes... "al infinito y más allá".
Ahora bien, si las palabras enferman, es porque el hombre las convirtió en su sí-mismo y, con ellas, escindió su cuerpo, su mente y su espíritu; separó la tierra y el cielo:
"Y el más sabio de vosotros es tan sólo un ser escindido, híbrido de planta y fantasma" (Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Prólogo, 3).
Así que, para curar una enfermedad, aliviar una herida, aclarar una oscuridad en la mente y en el espíritu, no es, necesariamente, el procedimiento para lograrlo, la resemantización, la deconstrucción o reconstrucción de las palabras, ni de los conceptos ni de los recuerdos, porque, para ello y antes de ello, es necesario reparar y recalibrar la mecánica homeostática, armonizar la homeodinámica, regenerar y generar las imágenes saludables del cuerpo, del cerebro, de la mente, del espíritu, para, así, restaurar un cuerpo, un cerebro, una mente, un pensamiento, un espíritu, saludables y vitales. Esto bien lo explican Antonio Damasio y Marco Iacoboni.
Para aliviar o curar la enfermedad, antes es necesario restituir al hombre en su unidad, a su ser y estar de antes de las palabras, que se conozca y reconozca en su sí-mismo como "su" cuerpo, mente y espíritu, únicos y unidos, que sepa que él es tierra y cielo: memoria y recuerdo y la purificadora catarsis.
Para decirlo con las palabras de uno de esos humanistas italianos y casi tocayo tuyo, Hugo de San Víctor (1096-1141), citado por Ernesto Grasi:
"El filósofo sólo conoce el significado de las palabras (solam vocum significationenm), pero mucho más importante que el significado de las palabras es el de las cosas, pues el significado de las palabras depende del uso (quia hanc usus instiuit) y el significado de las cosas está establecido por la naturaleza misma (illiam naturam dictavit) (...) La sabiduría de la mente es una palabra interior (ratio mentis instrinsecum verbum est) que se manifiesta mediante el sonido de la voz, es decir, mediante una palabra exterior (somo vocis, id est, verbo extrinseco, manifestartur)" (Hugo de San Víctor, Didascalicon, citado de: Ernesto Grassi, El poder de la fantasía, p. 78).
Y, luego, sí, hablar, que las palabras, como en tu terapia dialógica, se constituyan en unidad de palabra y cosa y contribuyan a la restitución de la unidad: cuerpo, mente y espíritu:
"El sí-mismo creador se creó para sí el apreciar y el despreciar, se creó para sí el placer y el dolor. El cuerpo creador se creó para sí el espíritu como una mano de su voluntad" (Z, I, De los despreciadores del cuerpo).
O, como lo explica Ernesto Grassi:
"De lo que se trata es de identificar esa "fuerza primitiva" que quiebra la unidad del círculo biológico de función y al mismo tiempo conduce al ser humano al lenguaje, a la palabra. Pues es mediante la palabra como el ser humano consigue superar su "extrañamiento" frente a la naturaleza (la vivencia inquietante que Freud caracteriza como un rasgo fundamental de la situación humana) al corresponder a la necesidad de hacer aparecer un mundo propio" (Ernesto Grassi, El poder de la fantasía, p. 227).
Esto lo aprendió Nietzsche de los antiguos "sabios" y lo expuso Zaratustra en su Guía de iniciados a Superhombres como hermético misterio eleusino:
"Inocencia es el niño, y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí.
Sí, hermanos míos, para el juego del crear se precisa un santo decir sí: el espíritu quiere ahora su voluntad, el retirado del mundo conquista ahora su mundo" (Z, De las tres trasformaciones).
Y Zaratustra fue médico de su sí-mismo, "retirado del mundo conquista ahora su mundo":
"¿Qué ocurrió, hermanos míos? Yo me superé a mí mismo, al ser que sufría, yo llevé mi ceniza a la montaña, inventé para mí una llama más luminosa. ¡Y he aquí que el fantasma se me desvaneció! " (Z, De los trasmundanos , I).
Zaratustra, con la debida preparación, se acoge a "la luz y a la llama" de Platón en su Séptima carta, ya citada:
"(...) como luz que brota de una llama palpitante"
Y, por supuesto, con el debido recogimiento, "contempla" el objeto de su búsqueda en la iluminación de la que escribiera Aristóteles:
"(...) sólo cuando la mente experimenta una súbita iluminación".
Eso fue lo que Zaratustra quiso enseñar a los hombres:
"Cómo se llega a ser lo que se es"
(Ecce homo, Por qué soy tan inteligente, IX).
***
"Yo quiero enseñar a los hombres el sentido de su ser: ese sentido es el superhombre, el rayo que brota de la oscura nube que es el hombre." (Z, Prólogo, VII).
***
"El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra!
¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no.
Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan! " (Z, Prólogo, III).
***
"Mirad, yo os enseño el superhombre: ¡él es ese rayo, él es esa demencia! (Z, Prólogo, III).
***
"El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre, - una cuerda sobre un abismo.
"Un peligroso pasar al otro lado, un peligroso caminar, un peligroso mirar atrás, un peligroso estremecerse y pararse. La grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que en el hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso". (Z, Prólogo, IV).
Sin embargo, Nietzsche y Zaratustra fueron el hazmerreír de los predicadores de la palabra:
"Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras contempló de nuevo el pueblo y calló:
«Ahí están», dijo a su corazón, «y se ríen: no me entienden, no soy yo la boca para estos oídos.
¿Habrá que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que atronar igual que timbales y que predicadores de penitencia? ¿O acaso creen tan sólo al que balbucea?
Tienen algo de lo que están orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los llena de orgullo? Cultural lo llaman, es lo que los distingue de los cabreros.
Por esto no les gusta oír, referida a ellos, la palabra Vesprecid. Voy a hablar, pues, a su orgullo.
"Voy a hablarles de lo más despreciable: el último hombre» (Z, Prólogo, V).
Nietzsche lo advierte; para emprender la Guía de iniciados a Superhombres, es necesario que los hombres "(...) aprendan a oír con los ojos", con todos los sentidos; beber el agua del Leteo, olvido y vida nueva: restauración del recuerdo y proyección del "Logos/Verbo": tiempo, necesidad y acción; pasado, presente y futuro, en el mismo "instante": el "eterno retorno de lo mismo".
Porque, y más asombroso todavía, es la relación sustancial entre Zaratustra y la idea del "eterno retorno de lo mismo", fundamento filosófico del poema y de la que, al contrario de la interpretación cosmológica que comúnmente se le ha dado, Alexander Nehamas afirma y explica lo siguiente:
"El eterno retorno no es por tanto una teoría del universo, sino una visión de la vida ideal. Sostiene que una vida se justifica únicamente si uno desea repetir la misma vida que ya le ha sido dada, ya que como demuestra la voluntad de poder, ninguna otra vida es posible. El eterno retorno afirma, pues, que nuestra vida sólo tendrá justificación si se modela de tal forma que nuestro deseo sea repetirla exactamente tal como ya ha sucedido" (Alexander Nehamas, Nietzsche, la vida como literatura, Turner/Fondo de Cultura Económica, México, 2002, p. 203).
A partir de todo lo anterior, todas las terapéuticas serán buenas y útiles para el alivio de la enfermedad individual y de "la enfermedad de nuestro tiempo".
Despertar al Superhombre:
"Zaratustra está transformado, Zaratustra se ha convertido en un niño, Zaratustra es un despierto ("el Despierto" también se llamaba a Buda): ¿qué quieres hacer ahora entre los que duermen? " (Z, Prólogo, I).
Porque, es el Superhombre quien debe seguir el camino del creador, el que con su voluntad de poder se hace libre como el niño que juega, "una rueda que se mueve por sí misma", ya no "camello" alienado, ya no "león" resentido:
"Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? ¡Muéstrame entonces tu derecho y tu fuerza para hacerlo!
¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que se mueve por sí misma ¿Puedes forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?
¡Ay, existe tanta ansia de elevarse! ¡Existen tantas convulsiones de los ambiciosos! ¡Muéstrame que tú no eres un ansioso ni un ambicioso!
Ay, existen tantos grandes pensamientos que no hacen más que lo que el fuelle: inflan y producen un vacío aún mayor. ¿Libre te llamas a ti mismo? Quiero oír tu pensamiento dominante, y no que has escapado de un yugo.
¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Más de uno hay que arrojó de sí su último valor al arrojar su servidumbre.
¿Libre de qué? ¡Qué importa eso a Zaratustra! Tus ojos deben anunciarme con claridad: ¿libre para qué? " (Z, I, Del camino del creador).
La respuesta a esa última pregunta es la conquista que debe realizar el Superhombre:
"Prestad atención, hermanos míos, a todas las horas en que vuestro espíritu quiere hablar por símbolos: allí está el origen de vuestra virtud.
Elevado está entonces vuestro cuerpo, y resucitado; con sus delicias cautiva al espíritu, para que éste se convierta en creador y en apreciador y en amante y en benefactor de todas las cosas.
Cuando vuestro corazón hierve, ancho y lleno, igual que el río, siendo una bendición y un peligro para quienes habitan a su orilla: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando estáis por encima de la alabanza y de la censura, y vuestra voluntad quiere dar órdenes a todas las cosas, como voluntad que es de un amante: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando despreciáis lo agradable y la cama blanda, y no podéis acostaros a suficiente distancia de los comodones: allí está el origen de vuestra virtud.
Cuando no tenéis más que una sola voluntad, y ese viraje de toda necesidad se llama para vosotros necesidad: allí está el origen de vuestra virtud.
¡En verdad, ella es un nuevo bien y un nuevo mal! ¡En verdad, es un nuevo y profundo murmullo, y la voz de un nuevo manantial!
Poder es ésa nueva virtud; un pensamiento dominante es, y, en torno a él, un alma inteligente: un sol de oro y, en torno a él, la serpiente del conocimiento" (Z, I, De la virtud que hace regalos).
Quien se decida a esculpir su "sí-mismo", paso a paso y según la guía que Nietzsche ofrece en Así habló Zaratustra, habrá tallado y escrito, en su "sí-mismo", la piedra filosofal de su propio destino: la materia de su propia sabiduría: su propia voluntad de poder.
Habrá alcanzado "su conocimiento", y repito la cita de Platón:
"(...) este conocimiento no es en modo alguno comunicable, como otros, sino que sólo después de una intensa familiaridad con el objeto y después de haber convivido largo tiempo con él, de repente -como luz que brota de una llama palpitante- surge en el espíritu y él mismo se alimenta de sus propias virtualidades" (Platón, Séptima carta, 341 c-d).
Eso es, también, Así habló Zaratustra, un "conocimiento" que no es posible comunicar como los otros, como el de las otras ciencias, que sólo es comunicable por medio de la poesía "aunque es cierto que los poetas exageran".
Porque la poesía es la palabra de la mística/mántica y del enamoramiento, porque ambos estados, cuando nos suceden, son lo mismo y se corresponden para el cuerpo, la mente y el espíritu y es, por ello, que al contemplar la diosa, se es poseído por el "Poder es ésa nueva virtud", de la que habla Nietzsche. Poder mediante el cual hay que superar aquella amenaza que él vuelve a denunciar poco antes de ser doblegado en el Silencio:
"(...) que la vida ya no reside en el todo. La palabra se vuelve soberana y sale de la frase, la frase salta y oscurece el sentido de la página, la página gana vida a costa del todo: el todo ya no es todo" (Nietzsche, El caso Wagner).
En fin, estos temas y estos asuntos, son una "Historia interminable", como la de Michael Ende, de escrituras, no de dos, sino de mil colores, ese libro de las dos serpientes entrelazadas y los mil y un libros más, por los que se entra en "Fantasía" a buscar la fuente del Agua de la Vida y de la que, quienes regresan, porque encuentran amigos allí, "devuelven la salud a ambos mundos", porque, cuando se entrelazan, como las dos serpientes, los círculos: el círculo de los códigos biológicos y el círculo de los códigos culturales, se abre "el claro" en la selva y se da paso a la "Lichtung" de Heidegger, esa que "es lo abierto para todo lo presente y lo ausente".
Aun queda mucho por "aclarar", pero, con esto, espero haber justificado el enigmático comentario que coloque en tu blog:
"Gracias, me tomo esta explicación como algo personal, pero...: también, tampoco y a veces. Yo soy eleusino".
Es un gozo escribir con los amigos y, no porque me considere sabio, sino feliz, te trascribo otras dos citas de Séneca a Lucilo, de nuevo, de su novena carta:
"El sabio se basta a sí mismo". Esto, mi Lucilio, es interpretado erróneamente por la mayoría: al sabio lo relegan de todos lados y lo confinan dentro de su piel. Debe distinguirse en efecto qué significa esta locución y cual es su alcance: el sabio se basta a sí mismo para vivir feliz, no para vivir; para esto último necesita en efecto de muchas cosas; para lo primero, sólo de un espíritu sano, derecho y desdeñoso de la fortuna.
(...)
De seguro que, cuando le es permitido ordenar por su arbitrio sus cosas, el sabio se basta a sí mismo pero toma mujer, se basta a sí mismo y cría hijos; se basta a si mismo y sin embargo no viviría si hubiere de vivir sin los hombres. Hacia la amistad no lo lleva ninguna conveniencia propia, sino el impuso natural, porque entre las cosas que para nosotros poseen innata dulzura, se encuentra la amistad. Tan grande como el odio a la soledad es la voluntad de vida social y así como la naturaleza concilia al hombre con el hombre, ínsito llevamos el aguijón que nos hace ávidos de amistad" (Lucio Anneo Séneca, Cartas a Lucilio, No. 9).
"Que sigas bien" (Escribí para mí, para ti, para quien sea),
Iván Rodrigo García Palacios.

lunes, 26 de julio de 2010

Nietzsche: El enigma de Ariadna

Iván Rodrigo García Palacios

Nietzsche: El enigma de Ariadna

Es un reto y una historia fascinante el intentar solucionar el enigma de Ariadna, ese desafío que Friedrich Nietzsche lanzó, al final de su vida lúcida, en Ecce homo.
Nietzsche bien conocía del sentido que los antiguos griegos le daban al enigma: en primer lugar, trágico y agonístico, según la leyenda que relata la aflicción que causó la muerte de Homero. En segundo lugar, por la conexión de enigma y sabiduría tal y como Heráclito emplea e interpreta esa misma leyenda de la muerte de Homero. En tercer lugar, se corresponde con las célebres interpretaciones que se hacen del enigma de la Esfinge y Edipo, en la tragedia de Sófocles. Y, en cuarto lugar, por la definición de Aristóteles:
"El enigma es la formulación de una imposibilidad racional que, aun así, expresa un objeto real".
Lo que bien explica Giorgio Colli:
"El sabio, que domina la razón, debe desatar ese nudo. Por eso, el enigma, cuando entra en el agonismo de la sabiduría, debe revestir una forma contradictoria" (1).
A esto y a que se revelen muchas otras conexiones existenciales de su vida y de su obra, es a lo que Nietzsche desafía para que se desate, del nudo de su enigma, aquellos asuntos que le causaron penas y aflicciones, agonías y éxtasis, así como "el furor" para realizar sus obras.
Sobre ello ya he escrito en otros de mis textos y ahora voy a intentar contar una nueva historia.

***

Faltaban casi tres meses para que Friedrich Nietzsche, ya afectado por terribles sufrimientos y por estados alternantes de lucidez y delirio, se precipitara en el silencio y el fuego de sus tinieblas interiores y consumirse lentamente durante los últimos diez años de su vida.
Era el 15 de octubre de 1888, cuando inició la escritura de Ecce homo, su autobiografía y explicación de sus obras. Ese es un libro marcado por las trágicas condiciones corporales, mentales y espirituales de Nietzsche, a las que es necesario considerar al momento de su lectura e interpretación, porque, en esos estados, lo que él escribe es la manifestación hermética de su consciencia consumida por el fuego, "el furor" fulgurante del sol radiante que centelleaba en su cerebro.
Es, en esas circunstancias y precisamente al explicar la escritura de Así habló Zaratustra, que Nietzsche lanza el desafío para que se solucione el enigma de Ariadna:
"Nada igual se ha compuesto nunca, ni sentido nunca, ni sufrido nunca: así sufre un dios, un Dionisios. La respuesta a este ditirambo del aislamiento solar en la luz sería Ariadna... ¡Quién sabe, excepto yo, qué es Ariadna! De todos estos enigmas nadie tuvo hasta ahora la solución, dudo que alguien viera siquiera aquí nunca enigmas. -
Zaratustra define en una ocasión su tarea -es también la mía- con tal rigor que no podemos equivocarnos sobre el sentido: dice sí hasta llegar a la justificación, hasta llegar incluso a la redención de todo lo pasado.
Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo.
Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar.
¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar!
Redimir a los que han pasado, y transformar todo «Fue» en un «Así lo quise yo» ¡sólo eso sería para mí redención!".
(Ecce homo, Así habló Zaratustra. Un libro para todos y para nadie. 8).
Y enfatizo: "precisamente al explicar la escritura de Así habló Zaratustra", porque de esa forma el enigma de Ariadna es referido a Zaratustra y no a ninguna de sus otras obras anteriores en las que ya el nombre de Ariadna aparece como compañera de Dionisios, como específicamente lo hizo en el proyecto de drama, Empédocles, escrito en 1870, por la misma época en la que comenzaba escribir los primeros textos que darían origen, dos años después, a su libro: El nacimiento de la tragedia a partir del espíritu de la música.
Son, ese proyecto de drama y ese libro, los que es necesario considerar como elementos fundamentales en la formulación y desvelamiento del enigma de Ariadna, porque, el proyecto de drama Empédocles, fue escrito para declarar y enmascarar su enamoramiento por Cósima Wargner y, El nacimiento de la tragedia, de manera abierta y evidente, para reivindicar el sentido mitológico de la música de Richard Wagner.
Nada extraño sería que, en este contexto de conexiones y significaciones mitológicas, Nietzsche se esté refiriendo a Richard Wagner o bien como al temido Minotauro-Dionisios, al que se ofrenda a Ariadna o bien como a Teseo, de quien ella está enamorada.
Lo más extraño de esta historia, es que Nietzsche, en 1882, doce años después, cambia o suprime el nombre o los discursos o las canciones que habían sido escritos para Dionisios y Ariadna, de los manuscritos que envía al editor para la publicación de Así habló Zaratustra, como puede comprobarse confrontando los originales y los apuntes conservados en el archivo de Nietzsche.
Esto permite entonces conectar el enigma de Ariadna con los dos enamoramientos de Nietzsche, el por Cósima y el por Lou Andreas Salomé, porque Así habló Zaratustra es un poema épico-filosófico, pero, también, un poema enamorado que Nietzsche escribe bajo los influjos de su enamoramiento por Lou como ya lo he demostrado.
Sin embargo, antes de considerar las conexiones del enigma de Ariadna con estos dos enamoramientos, es necesario establecer una conexión, previa y directa con otro enamoramiento, uno muy cercano a la memoria y al corazón de Nietzsche: el enamoramiento de Hölderlin por Susette Gontard, su Diotima, porque es en el poema Empédocles, de Hölderlin, donde se encuentra la clave que origina todo el enigma de Ariadna:
"Pausanias:
¿Por qué me ocultas y haces de tu pena para mi
un enigma. ¡Créeme!, nada es más doloroso.
Empédocles:
Y nada es más doloroso, Pausanias,
que descifrar una pena. ¿Es que no lo ves?".
(Hölderlin, Empédocles, Escena IV, v. 440-445).
Este origen del enigma de Ariadna se explica porque Nietzsche sintió, con temor y temblor, una patológica admiración por Hölderlin y por su obra, por su destino trágico y por envidia reverente a su poesía.
Admiración y envidia que se remontan a la adolescencia de Nietzsche, cuando, siendo estudiante interno en Schulpforta, se inicia en la música de Wagner y en la vida y obra de Hölderlin, lo que marcaría de manera profunda e indeleble su destino humano y filosófico. Así se explica el que tomara, traspusiera y trasformara numerosos de los motivos y figuras de Wagner y Hölderlin en su propia obra y comportamientos.
De manera evidente, Nietzsche tomó para su proyecto de drama, Empédocles, la figura de Empédocles, tanto el personaje del poema de Hölderlin, como la del filósofo siciliano, fundador religioso y médico prodigioso del siglo quinto de la Grecia antigua, Empédocles de Acragas, el que, según la leyenda, se arrojó al cráter ardiente del Etna.
Con ellos y con otros motivos y figuras de las vidas y las obras de ambos Empédocles, Nietzsche configura su proyecto de drama. Pero y como puede deducirse, en ese proyecto de drama también se prefiguraban ya los motivos filosóficos de "Dios ha muerto", el eterno retorno y el superhombre que Nietzsche desarrollará en Así habló Zaratustra. Lo que no debe ser extraño, porque es eso lo que el enamoramiento provoca que sienta y piense el enamorado.
Por ejemplo, se inspirará, para los versos iniciales del Zaratustra, en el sol de Hölderlin, cuya luz será Diotima y que, para Nietzsche, será Ariadna, pero también, como explico en otro texto, en los soles y esferas de los filósofos presocráticos: Heráclito, Parménides y Empédocles.
Este es el sol de Hölderlin:
"Desciende, hermoso sol, bien poco se preocupan
de ti, no te han conocido, oh sagrado,
mientras calmoso y sin esfuerzo pasabas
sobre los hombres en su afán.

¡Oh luz, gozosamente me levantas y me desciendes!
¡Qué bien te reconocen mis ojos, soberana.
Pues yo aprendí a adorar en tu paz divina
Cuando Diotima curó mi alma.

¡Cómo te escuchaba, enviada del cielo!
A ti amor, Diotima, como levantaba
desde ti mis ojos hacia el áureo día,
pensativos y absortos. Entonces susurraban

más vivas las fuentes, respiraban,
amándome, las flores de la tierra,
mientras riendo sobre nubes de plata
el éter se inclinaba enviando bendiciones" (2).
A ello, Nietzsche agrega, en su drama Empédocles, a Dionisios, Ariadna, Teseo, Corina y un enamoramiento trágico, el motivo de su propio enamoramiento por una mujer casada, al igual que Hölderlin.
Nietzsche finalmente no escribió el drama Empédocles, el que, por lo que luego sucedió el 25 de diciembre de 1870, fue remplazado por una copia en limpio de su estudio: El origen del pensamiento trágico, como regalo para el cumpleaños treinta y tres de Cósima.

***

La historia del enigma de Ariadna continúa doce años después, en 1882. Pero, ya para ese momento, es necesario preguntarse:
¿Por qué Nietzsche escribió un poema épico-filosófico y enamorado y no un nuevo drama o libro de aforismos como el que ya estaba escribiendo en el segundo semestre de 1882 y que posteriormente se convirtió en la cuarta parte de la Gaya ciencia?
Si se acepta que lo que desata el enamoramiento es una visión sublimada o mitológica que se proyecta en una persona, idea y actividad y nunca en una persona específica, eso explicaría el que para Nietzsche, en la aparición estelar de Lou Andreas Salomé, en marzo de 1882 en la Catedral de San Pedro en Roma, se le revelara de nuevo Ariadna como a un renacido Dionisios. Al igual que explica el que, en sus delirios finales, confundiera como una y la misma a Cósima, Lou y Ariadna.
También se aclara el que, doce años después y ya sin los temores ni temblores de declararle su enamoramiento a Lou, una mujer soltera, Nietzsche se siente en la libertad de trasponer y encarnar a Dionisios en Zaratustra. Dionisios, es el mismo dios mitológico que desposará a Ariadna en la isla de Naxos y, con ello, los demás motivos trágicos del mito minoico. Ariadna, es la "Señora del Laberinto", la "Luminosísima". Zaratustra, es el profeta y fundador del mazdeísmo o zoroastrismo y primer moralista.
Pero, como en toda tragedia erótica, otra vez emerge en la mente de Nietzsche el trágico triángulo erótico de los celos. Esta vez, Paul Rée es el rival, el Teseo del que Nietzsche cree que Ariadna está enamorada y a quien ella guía con el hilo y la luz de su amor en el laberinto y no a él.
Aun así, es a Lou a la que ofrenda Así habló Zaratustra, el compendio de su "filosofía del futuro". Un poema épico-filosófico y enamorado.
Un poema que se inspira en las Purificaciones de Empédocles de Acragas y en el Poema del Ser de Parménides y en el nuevo sol de Heráclito y en el Empédocles, los poemas y los dramas que Hölderlin escribiera para Diotima.
Pero, también, Así habló Zaratustra es un compendio ético y una guía de trasformaciones hacia el Superhombre, una nueva visión y actualización, al tiempo de Nietzsche, de aquel mundo y época y una profecía para los tiempos por venir. Eso es lo que hace Nietzsche al interpretar los preceptos de los antiguos sabios griegos; los preceptos de los poetas-filósofos helénicos, latinos, humanistas italianos y, por supuesto, de las ideas y pensamientos de Bruno y Spinoza. El Spinoza que tanto admiraba Lou y al que ella había convertido en guía de su existencia y pensamientos.
Nietzsche pretendía ser eso y mucho más para Lou.
De las conexiones del enamoramiento de Nietzsche por Lou y de este con la escritura de Así habló Zaratustra, he escrito con amplitud en otros textos.
Sin embargo, bien vale la pena recordar, al menos, una de las referencias más explicitas y significativas que hace Nietzsche en Así habló Zaratustra sobre su enamoramiento por Lou.
Se corresponde con aquellos días y noches que siguieron al estelar encuentro y que se refiere a los paseos por las calles de Roma y que Nietzsche rememora en la La canción de la noche cuando habla de los cantos de los surtidores de las fuentes romanas y de los susurros de "las vivas fuentes" de Hölderlin:
"Es de noche: ahora hablan más fuerte todos los surtidores. Y también mi alma es un surtidor.
Es de noche: ahora se despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante" (Z, II, La canción de la noche).
En fin y aunque el enigma de Ariadna continúe indescifrable por el resto de la eternidad, sigue abierto, es una ofrenda y un desafío. Es la propuesta de un delicioso juego de niños, una vital Lectura Lúdica para quienes "lo desconocido", los enigmas, los misterios, son el motivo y la razón de su enamoramiento perpetuo. Un enigma que provoca la visión de aquella Diana cazadora que cada día se muestra en una fuente del bosque y da caza, con sus flechas, al corazón de los amantes, poseyéndolos y dotándolos de una nueva vida como lo explica Giordano Bruno:
"Ninguno cree posible ver el sol, el universal Apolo y luz absoluta, excelentísima y suprema especie; mas sí ciertamente su sombra, su Diana, el mundo, el universo, la naturaleza que se halla en las cosas, la luz que se oculta en la opacidad de la materia (es decir, aquella misma en tanto que resplandece en las tinieblas). De los muchos, pues, que por las dichas y otras vías vagan por esta desierta selva, poquísimos son los que acceden hasta la fuente de Diana. Conténtanse muchos con la caza de fieras montaraces menos ilustres, y la mayor parte no encuentra cosa que aprehender, pues habiendo tendido al viento las redes, se hallan con las manos repletas de moscas. Rarísimos son, como digo, los Acteones a los que concede el destino poder contemplar a Diana desnuda y transformarse de tal modo que -prendados de la armónica belleza del cuerpo de la naturaleza, y vislumbrados ellos por esas dos luces, gémino resplandor de la divina bondad y belleza- vengan convertidos en ciervos, no siendo ya cazadores sino presas. Pues el término y fin último de esta cacería el llegar a la captura de esa fugaz y montaraz pieza, por la cual el depredador vuélvese presa y el cazador caza. En cualquier otra especie de cacería en que se persiguen cosas particulares, es el cazador quien atrae a sí a las otras cosas, absorbiéndolas por la boca de la propia inteligencia; mas en tratándose de divina y universal caza, llega de tal modo a apresarlo que es él quien queda forzosamente prendido, absorbido, unido. Y así, vulgar, ordinario, civil, popular como era, deviene ahora selvático cual ciervo morador de los desiertos; vive divinamente en las frondosidades de la selva, en los aposentos nada artificiales de los cavernosos montes, admirando las fuentes de donde manan los grandes ríos y vegetando intacto libremente con la divinidad, a la cual aspiraran tantos hombres que en la tierra quisieron gozar de celeste vida, y que como una sola voz dijeran: "He aquí que me alejé huyendo e hice mansión en la soledad" (Salmos, 54, 8). Entonces los canes, pensamientos de cosas divinas, devoran a este Acteón, haciendo que muera para el vulgo, para la multitud, liberado de las trabas de los sentidos perturbados, libre de la carnal prisión de la materia; no verá ya más a su Diana, como a través de orificios y ventanas, sino que, habiendo echado por tierra las murallas, es todo ojos a la vista del horizonte entero. De esta suerte contempla ahora todo como uno, sin ver ya por distinciones y números, los cuales, según los diversos sentidos -domo a través de otras tantas figuras-, no permiten ver y aprehender sino confusamente. Contempla a la Anfitrite, fuente de todos los números, de todas las especies, de todas las razones, que es la Mónada, verdadera esencia del ser de todos; y si no la ve en su esencia, en su absoluta luz, la contempla en su progenitura, que se le asemeja y es su imagen; porque de la monada que es la divinidad procede esta otra mónada que es la naturaleza, el universo, el mundo, donde se contempla y refleja como el sol en la luna, mediante la cual nos ilumina, permaneciendo él en el hemisferio de las sustancias intelectuales. Tal es Diana, ese uno que es el ente mismo, ese ente que es la misma verdad, esa verdad que es la naturaleza comprensible, en la que influye el sol y el resplandor de la naturaleza superior, según que la unidad sea distinguida en generada y generadora, o produciente y producida. Podéis así por vos mismo concluir acerca del modo de la caza y de la nobleza y digno triunfo del cazador; por todo ello ufánase el Furioso de ser presa de esa Diana a la cual rindióse, de la cual se considera favorecido esposo y el más feliz cautivo y subyugado, sin que pueda envidiar a hombre alguno -que más no puede lograr- o dios que obtener pudiera lo que es imposible para una inferior naturaleza, y que no debe ser por consiguiente deseado y ni siquiera puede ser objeto de nuestro apetito" (Los Heroicos Furores, II, 2).
Esa fue la locura enamorada de Nietzsche.

NOTAS

(1) Giorgio Colli, El nacimiento de la filosofía, Tusquets, Barcelona, 2009, pp. 66-67.
(2) Friedrich Hölderlin, Fragmentos, cuarta escena, primera versión, Poemas. introducción y traducción de José María Valverde, Icaria, Barcelona, 1991, p. 71.

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APÉNDICE

Algunas citas de Así habló Zaratustra y El nacimiento de la tragedia, en las cuales Nietzsche se refiere a sus enigmas:

Así habló Zaratustra:

"Todo en la mujer es un enigma, y todo en la mujer tiene una única solución: se llama embarazo" (Z, De viejecillas y de jovencillas).

"Él ha domeñado monstruos, ha resuelto enigmas: pero aún debería redimir a sus propios monstruos y enigmas, en hijos celestes debería aún transformarlos" (Z, De los sublimes).

"Un enigma continúa siendo para mí este sueño; su sentido está oculto dentro de él, aprisionado allí, y aún no vuela por encima de él con alas libres" (Z, El adivino).
(...)
"Así contó Zaratustra su sueño, y luego calló: pues aún no sabía la interpretación de su sueño. Pero el discípulo al que él más amaba se levantó con presteza, tomó la mano de Zaratustra y dijo:
«¡Tu vida misma nos da la interpretación de ese sueño, Zaratustra!
(...)
Yo camino entre los hombres como entre los fragmentos del futuro: de aquel futuro que yo contemplo.
Y todos mis pensamientos y deseos tienden a pensar y reunir en unidad lo que es fragmento y enigma y espantoso azar.
¡Y cómo soportaría yo ser hombre si el hombre no fuese también poeta y adivinador de enigmas y el redentor del azar! Redimir a los que han pasado, y transformar todo "Fue" en un "Así lo quise" - ¡sólo eso sería para mí redención!" (Z, De la redención).

"¡Resolvedme, pues, el enigma que yo contemplé entonces, interpretadme la visión del más solitario!" (Z, De la visión y enigma, 2).

«¡Zaratustra! ¡Zaratustra! ¡Resuelve mi enigma! ¡Habla, habla! ¿Cuál es la venganza que se toma del testigo?
Yo te invito a que te vuelvas atrás, ¡aquí hay hielo resbaladizo! ¡Cuida, cuida de que tu orgullo no se rompa aquí las piernas!
¡Tú te crees sabio, orgulloso Zaratustra! Resuelve, pues, el enigma, tú duro cascanueces, - ¡el enigma que yo soy! ¡Di, pues: quién soy yo!»
- Mas cuando Zaratustra hubo oído estas palabras, - ¿qué creéis que ocurrió en su alma? La compasión lo acometió; y se desplomó de golpe, como una encina que ha resistido durante largo tiempo a muchos leñadores, - de manera pesada, súbita, causando espanto incluso a quienes querían abatirla. Pero enseguida volvió a levantarse del suelo, y su rostro se endureció
«Te conozco bien, dijo con voz de bronce: ¡tú eres el asesino de Dios! Déjame irme.
No soportabas a Aquel que te veía, - que te veía siempre y de parte a parte, ¡tú el más feo de los hombres! ¡Te vengaste de ese testigo!» (Z, El más feo de los hombres).

"Entonces amaba yo a tales muchachas de Oriente y otros azules reinos celestiales, sobre los que no penden nubes ni pensamientos.
No podréis creer de qué modo tan gracioso se estaban sentadas, cuando no bailaban, profundas, pero sin pensamientos, como pequeños misterios, como enigmas engalanados con cintas, como nueces de sobremesa - multicolores y extrañas, ¡en verdad!, pero sin nubes: enigmas que se dejan adivinar: por amor a tales muchachas compuse yo entonces un salmo de sobremesa.» (Z, Entre hijas del desierto , 1).

Nacimiento de la tragedia:

"Ensayo de autocrítica
Sea lo que sea aquello que esté a la base de este libro problemático: una cuestión de primer rango y máximo atractivo tiene que haber sido, y además una cuestión profundamente personal - testimonio de ello es la época en la cual surgió, pese a la cual surgió, la excitante época de la guerra francoalemana de 1870-1871. Mientras los estampidos de la batalla de Wörth se expandían sobre Europa, el hombre caviloso y amigo de enigmas a quien se le deparó la paternidad de este libro estaba en un rincón cualquiera de los Alpes, muy sumergido en sus cavilaciones y enigmas, en consecuencia muy preocupado y despreocupado a la vez, y redactaba sus pensamientos sobre los griegos, -núcleo del libro extraño y difícilmente accesible a que va a estar dedicado este tardío prólogo (o epílogo)" (N, El nacimiento de la tragedia).

"Como poeta, Eurípides se sentía sin duda - ésta es la solución del enigma que acabamos de plantear - por encima de la masa, pero no por encima de dos de sus espectadores" (N, El nacimiento de la tragedia).

"Mientras que Esquilo encuentra lo sublime en la sublimidad de la administración de la justicia por los olímpicos, Sófocles lo ve - de modo sorprendente - en la sublimidad de la impenetrabilidad de esa misma administración de la justicia. Él restablece en su integridad el punto de vista popular. El inmerecimiento de un destino espantoso le parecía sublime a Sófocles, los enigmas verdaderamente insolubles de la existencia humana fueron su musa trágica. El sufrimiento logra en él su transfiguración; es concebido como algo santificador. La distancia entre lo humano y lo divino es inmensa; por ello lo que procede es la sumisión y la resignación más hondas. La auténtica virtud es la σωφροσύυη [cordura], en realidad una virtud negativa. La humanidad heroica es la más noble de todas, sin aquella virtud; su destino demuestra aquel abismo insalvable. Apenas existe la culpa, sólo una falta de conocimiento sobre el valor del ser humano y sus límites" (N. El nacimiento de la tragedia).
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